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miércoles, 10 de noviembre de 2010

El libro de Ovalle

La Enciclopedia Álvarez

CUARTO CRECIENTE

Diario de León. Martes 9 de noviembre de 2010


Es difícil escribir sobre la vida de un hombre que no quiere hablar de su vida, sino de sus libros. Salvo que uno entienda que su vida son sus libros.

Detrás de Antonio Ovalle, el hombre que ha cedido su colección de facsímiles medievales al Ayuntamiento de Ponferrada para que los exhiba en el Castillo de los Templarios, hay algo más que códices miniados. Hay un padre minero en la cuenca de Fabero, una madre y cuatro hermanos. Hay un niño jovial que leía El Señor de Bembibre en la escuela de San Juan de la Mata y que al crecer, se pasó al Quijote. Un adolescente curioso que jugaba al baloncesto con los salesianos en Cambados. Hay un proyecto de seminarista abandonado. Tres años de docencia en un colegio religioso. Y un estudiante universitario, maravillado por un manuscrito medieval al alcance de cualquiera.

Antonio Ovalle también tiene un poco del músico que quiso haber sido. Y no ha renunciado a escribir una tesis sobre la Filosofía del Derecho para sumergirse en el origen de las leyes.

Antonio es un soñador. A mí me lo ha parecido. Buena parte del dinero que ha ganado con su sueldo de directivo empresarial lo ha dedicado a comprar libros que todavía está pagando a plazos y que ha cedido al Ayuntamiento sin pedir nada para él. «No quería tenerlos de canto», afirmaba este verano durante la presentación de la exposición Templum Libri, que reúne «las páginas más bellas del conocimiento», según se dice en los folletos.

Los editores le han perseguido. Alguno incluso le ha engañado. En su casa no sabían que hacer con tanto libro. Les parecía algo descabellado. «¿Quieren que los pongamos debajo de las camas?», cuenta que les gritaba su hermana Lina a los intermediarios de las editoriales cuando le llamaban por teléfono para venderle el último breviario.

A Antonio Ovalle, la crisis también le está afectando, aunque no quiera hablar de ello. Y sin embargo, se ha empeñado en seguir comprando libros. Persigue un sueño improbable. O no. Está convencido de que podría reunir en la Biblioteca Templaria del castillo todos los facsímiles de códices miniados que estén en el mercado. Es su Biblioteca Imposible, más grande que la que imaginó el editor de Módena Franco Cósimo Panini. Y si lo consigue, habrá escrito una de las páginas más bellas del mundo. Con su propia letra.

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