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jueves, 16 de febrero de 2012

El gueto

Detrás de las banderas...

CUARTO CRECIENTE
Diario de León. Jueves 16 de febrero de 2012


Franco está en el congelador. O mejor dicho, en el frigorífico de los refrescos. Después de que lo haya juzgado la historia, al dictador que gobernó España con mano de hierro durante cuarenta años lo ha metido en la nevera el escultor Eugenio Merino y se lo ha llevado a la feria de arte Arco.

Franco, el de Merino, cuesta 35.000 euros y está hecho de silicona y cabello humano. Y como la máquina de refrescos no tiene espacio para toda su grandeza, el Generalísimo de los Ejércitos aparece en cuclillas y con los brazos cruzados.

Dice el escultor que metiendo a Franco en el frigorífico ha querido simbolizar que el Caudillo está vivo de una manera alegórica. Y yo creo que la alegoría es otra. Franco, el jefe del Estado, el general sublevado con la ayuda del nazismo alemán y del fascismo italiano, el hombre que estrechó la mano de Hitler en Hendaya, el general que desfilaba bajo palio como los santos, la figura, al fin y al cabo, que ha encarnado a todos los demonios de una generación de españoles silenciada por la terrible represión de la posguerra, ya no reposa en el Valle de los Caídos, no. Franco ocupa ahora, por más que el diccionario de la Academia de la Historia se empeñe en dulcificar su legado, el lugar de las cocacolas.


Franco, presente en Arco. (Foto wventv.com)

Y un Franco tan banal no puede significar otra cosa que su obra está más que superada, aunque sus últimos coletazos todavía se puedan llevar por delante a un juez tan mediático como Garzón.

Envidio a Eugenio Merino, qué gran provocador. Si yo fuera escultor como él, también metería otras cosas en el congelador. Desde la reforma laboral, que nos desprotege frente al empresario y convierte el empleo en un privilegio, más que un derecho constitucional, hasta el brote de xenofobia que estos días recorre Ponferrada y que injustamente asocia la violencia con lo latino después de que la enésima pelea en el barrio del Temple dejara un muerto tendido en la calle.

Y en algo habremos fallado todos, como sociedad me refiero, si entre las vías y el parque del Temple, entre el instituto Europa y la estatua ecuestre, ha crecido en los últimos años un gueto peligroso, demasiado grande y demasiado volcánico como para meterlo ahora en un refrigerador.

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