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martes, 7 de enero de 2014

El cementerio del tren minero


Restos de las últimas locomotras del tren minero de la MSP, en una vía muerta de
Ponferrada. FOTO cortesía de L. DE LA MATA

Diario de León. Martes 7 de enero de 2014

La locomotora número dos del antiguo tren minero de Ponferrada a Villablino es una venerable anciana de hierro. Fue fabricada en Filadelfia por la compañía Baldwin Locomotive Works hace noventa y cinco años. Cuando salió de la factoría pesaba casi cincuenta toneladas. Recibió el nombre de Conde de los Gaitanes en honor al primer presidente de la Minero Siderúrgica de Ponferrada después de que la trajeran a España para transportar carbón y viajeros entre el Bierzo y Laciana. Y desde la apertura del Museo del Ferrocarril hace quince años se pudre en una vía muerta. En vísperas de Reyes, lo que queda de ella daba cobijo a dos gatos que se refugiaban de la lluvia.


La misma suerte corren otras cuatro compañeras de hornada, la número uno, bautizada en 1920 con el nombre del ministro de Fomento Francisco Cambó, la número cuatro, que paseó el nombre de Ortiz Muriel, otro de los fundadores de la MSP, por las cuestas de Laciana, la número siete, llamada Aranda Lupardo, como otro miembro del primer consejo de administración de la empresa minera, y la número diez, que durante más de medio siglo lució el nombre de Villablino, lugar donde embarcaban el carbón. Cada una costó 175.000 pesetas de las de hace cien años y son piezas de arqueología industrial. Pero eso no las ha salvado del óxido.

Y no son las únicas. Junto a las cinco Baldwin de 1919, también se corroen a la intemperie, convertidas en lienzo de grafiteros y paraíso de botellones adolescentes a espaldas de la avenida de Los Escritores dos Macosa fabricadas en España, la 13 y la 16, y adquiridas por la MSP en 1951 y 1956. Que sean más nuevas—entre las últimas que fabricó la empresa en Barcelona— y que ya costaran casi dos millones de las antiguas pesetas tampoco las ha librado del óxido.
 

Remolque grafiteado. FOTO cortesía de L. DE LA MATA
La lista de viejas glorias en descomposición, identificadas con un número pintado de blanco sobre el hierro, la completan dos Krauss fabricadas en Múnich —la 17 que cumple este año cien años, y la 18— y compradas de segunda mano por la MSP en 1961 al Ferrocarril de La Robla, pero que antes habían prestado servicio en Bilbao para la Compañía de Ferrocarriles Vascongados.

Como sus compañeras de línea que han tenido la fortuna de ser restauradas, algunas de esas máquinas todavía prestaron servicio hasta 1988, aunque el tren correo a Villablino —el último de Europa occidental en usar locomotoras de carbón, según recuerda el que fue director del Museo del Ferrocarril de Ponferrada, Jesús Álvarez Courel, en su estudio La memoria del vapor— dejó de transportar viajeros en 1980.

La creación en 1999 del Museo del Ferrocarril de Ponferrada salvó de la ruina a luna parte de las locomotoras del ferrocarril a Villablino, incluyendo la emblemática 31 —una Maffei alemana de 1913 que todavía funciona y que algún día debería tirar el tren turístico— pero dejó en la cuneta a más de una docena de máquinas peor conservadas. El material ferroviario que no se usaba había revertido a la Junta de Castilla y León al renovarse en 1998 la concesión del tren minero otorgada a la MSP ochenta años antes por el Gobierno del ministro Cambó. Para entonces, la Consejería de Fomento ya ultimaba con el Ayuntamiento la apertura del Museo del Ferrocarril con las mejores piezas restauradas. Fomento cedió finalmente al Ayuntamiento de Ponferrada en 2002, y así lo recogió el Boletín Oficial de Castilla y León, las máquinas que no pudieron restaurarse para su exhibición en la lonja del museo y que quedaron fuera de la declaración de Bien de Interés Cultural que protege al resto.

 
La locomotora Krauss alemana, número 18, junto al autor de este blog, con paraguas.
Víspera de Reyes de 2014. FOTO cortesía de L. DE LA MATA
Desde entonces hasta hoy, sólo cuatro de esa docena larga de locomotoras han encontrado quien las saque del cementerio de elefantes en el que se ha convertido el terreno próximo a las vías de La Placa. El Museo de Azpeitia se llevó de vuelta al País Vasco una de las viejas Krauss tras un acuerdo con el Ayuntamiento. Otro convenio con el Club Ferroviari Vaporista de Mallorca permitió restaurar la Baldwin número seis, bautizada Landaluce, y desde 2007 luce en la estación ferroviaria de Palma de Mallorca. El Ayuntamiento de Ponferrada cedió entonces la locomotora de forma indefinida a cambio de su recuperación, y sólo en caso de que en un futuro desaparezca la institución que la solicitó y la máquina quede abandonada, podría reclamar su regreso a la ciudad. En junio de 2010, la Fundación Ciudad de la Energía recibió del Ayuntamiento las Balwin número ocho y nueve, llamadas Ponferrada y Wagner, para exhibir una en el muelle de carbones Museo Nacional de la Energía y guardar la otra como parte del fondo de la institución.

 
Locomotora Baldwin número 6, bautizada como Landaluce y restaurada por
el Club Ferroviari Vaporista de Palma de Mallorca. Desde 2007 se encuentra en las Islas Baleares.
El Museo del Ferrocarril también acogió hasta hace un lustro otras tres locomotoras de ancho Renfe sin restaurar, —la Hainault-Coulliet belga de 1924 que llevó el número 53, la Marcinelle también belga de 1927, con el número 54, y la más antigua de todas, la Nasmith Wilson inglesa de 1891 que tuvo el número 55— hasta que el empresario Victorino Alonso, titular de los derechos de la MSP, reclamó su propiedad por entender que estaban fuera de la concesión y consiguió que el Ayuntamiento le permitiera sacarlas de la lonja.

Quedan, como en una perrera a la espera de un dueño, las últimas nueve. Y novios no les faltan; el Ayuntamiento de León ya descartó el pasado verano una propuesta de la Asociación Leonesa de Amigos del Ferrocarril (Alaf) para recuperar una de las viejas locomotoras arrinconadas en Ponferrada y colocarla en la glorieta del Palacio de Congresos. Pero la operación resultaba demasiado costosa. Una rotonda es una opción menos atractiva que un museo, reconoce Eduardo Tocino, de la Alaf, «pero la peor solución es cómo están ahora, que dan pena y vergüenza».

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