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lunes, 21 de abril de 2014

Cuatro lunas de sangre


La luna de sangre de Meliès.

CUARTO CRECIENTE
Diario de León. Jueves 17 de abril de 2014

Es una de las profecías de la Biblia. "El sol se tornará en tinieblas y la luna en sangre". Joel la utilizaba para anunciar la llegada del Apocalipsis y meter miedo a los creyentes. Y como lo que anticipa el profeta hebreo escondía un verdadero fenómeno de la naturaleza —las cuatro lunas de sangre, lo han llamado; una sucesión de eclipses que convierte a nuestro satélite en un reflejo cobrizo de la luz del sol— muchos cristianos a lo largo de la historia se han temido lo peor cada vez que miraban al cielo y descubrían que la superficie selenita se había teñido de rojo.
 
Ocurre cada cierto tiempo. La Luna llena llega a la zona de sombra de la Tierra, nuestra atmósfera actúa como una lente que filtra los componentes azules de los rayos del sol y da la impresión de que el satélite desprenda un resplandor rojizo. Se pueden imaginar lo que sucedía en la Edad Media, con el hombre sometido por los ciclos de la guerra, de la peste y de las plagas —y deslumbrado por el poder divino que concedía a las reliquias— cada vez que una nueva tétrada de lunas ensangrentadas aparecía en el firmamento nocturno.
 
Pues bien. El segundo ciclo de lunas rojas de este siglo comenzó el pasado martes y sacó a familias enteras a los parques en Los Ángeles, Denver y Dallas, Puerto Rico y Perú, y más de refilón, en las Islas Canarias.
 
Los caballeros de Arturo encuentran el Santo Grial. Detalle del cuadro de EDWARD BURNE-JONES
 
 
Estoy seguro de que a estas alturas de la civilización judeo-cristiana nadie ha asociado el fenómeno con las profecías del Antiguo Testamento. El cambio climático, las desigualdades sociales o la guerra larvada que se ha declarado en Ucrania —por no citar a las guerras olvidadas y las hambrunas de África cuando en el primer mundo nos sobran alimentos y fabricamos las armas con las que se matan— lo sabemos todos, son estupideces que estamos cometiendo nosotros solos. Así que ténganlo en cuenta cuando alguien les diga que el Santo Grial, una invención de la literatura medieval en torno al cáliz de la Última Cena y las heridas de Cristo en la Cruz, es esa copa que les enseñan detrás de una vitrina en San Isidoro. Son de los que todavía ven sangre en la Luna.

lunes, 4 de febrero de 2013

Apocalipsis


Códice de Fernando I y Sancha.

CUARTO CRECIENTE
Diario de León. Jueves 15 de noviembre de 2012

Voy a contarles lo que he visto hace un rato. Un dragón de siete cabezas escupía espectros. Los espectros tenían forma de rana. Las ranas croaban con desgana. Y enloquecían a las piedras.
 
Cuatro jinetes cabalgaban a lomos de caballos alados con cabeza de león. Su sombra alargada ocultaba el sol. Los ángeles tocaban las trompetas. Las trompetas arrastran nubes de tormenta. Y el cielo se llenaba de luz.
 
Los hombres, deslumbrados, hincaban la rodilla ante el Creador. Un demonio con pies de carnero empujaba a los pecadores al infierno. Las almas en pena se retorcían en el fuego eterno. Y las llamas devoraban el mundo.
 
Es el Apocalipsis de San Juan, el libro más enigmático de cuantos componen la Biblia, según los expertos. Hace mil años, el temor a que el fin del mundo estuviera cerca desató una verdadera fiebre en los monasterios y copistas e ilustradores dedicaron sus vidas a manuscribir y a iluminar los comentarios al texto del apóstol San Juan que dos siglos antes había escrito un monje, Beato de Liébana, a los pies de los Picos de Europa.
 
La fiebre sobrevivió a las supersticiones del milenio. El mundo no se acabó. No se abrieron los cielos. No bajaron los ángeles. No cabalgaron los cuatro jinetes, ni se oyeron trompetas, ni hubo ninguna luz cegadora.
 

Extracto del Beato de Liébana (Siglo VIII-IX)

 
Tampoco se vieron serpientes, ni dragones, ni ranas, ni diablos con cuernos. Y la gente siguió pecando, pero poco, que en la Edad Media la Iglesia no estaba para bromas.
 
Los 21 facsímiles de aquellos códices miniados, y uno más de un artista moderno, se pueden consultar en el Castillo de los Templarios de Ponferrada. Allí los he visto yo. Y allí los puede encontrar cualquiera sin necesidad de viajar a Nueva York, o a Berlín, o a Roma, o a Madrid, donde se conservan los originales.
 
El mérito es del Ayuntamiento, claro. Pero sobre todo, de un coleccionista particular, Antonio Ovalle, que los ha comprado, los ha cedido y no ha pedido nada a cambio. Lo suyo también es una fiebre. Y en estos tiempos de dragones y de espectros que se retuercen en el fuego del infierno no abundan los hombres tan generosos.