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lunes, 25 de noviembre de 2013

Tierra adentro y otros cuentos de naufragios

 

El Américan Star, partido en dos y embarrancado en una playa de Fuerteventura.
Fotografía incluida en el interior del libro.
 
LA EMIGRACIÓN, EL EXILIO Y ALGUNOS NAUFRAGIOS ÍNTIMOS

En este libro navegan algunos barcos de verdad. Y vuelan algunos aviones. Navega el Titanic, con un sastre que huye a Nueva York con sus hijos. Y arrastra su leyenda negra el Great Eastern, tocado por la fatalidad.

Zozobra el American Star, camino de una playa de Fuerteventura. El almirante Nelson se desploma en la cubierta del Victory durante la batalla de Trafalgar. Y los marinos de un buque escuela con nombre de serpiente mueren despedazados en las rocas de la Costa de la Muerte.

Pero en este libro también navegan barcos sin nombre, pateras y cayucos cargados de inmigrantes, y algunos hombres y mujeres que simplemente van a la deriva, aunque no se encuentren en el mar.

Así es la portada en la colección libr-e.

EN LA COLECCIÓN LIBR-E DE LA EDITORIAL LEER-E

Este es el momento de presentaros, a vosotros que de vez en cuando os pasáis por este blog, Tierra adentro y otros cuentos de naufragios,  el tercer libro que publico después del volumen de relatos El país de las nieblas y de la novela El agujero de Helmand, ganadora del V Premio Tristana de Novela Fantástica.

El libro, que formará parte del catálogo de la editorial digital Leer-e, incluye doce cuentos, más el relato completo de El diablo del mar, que este verano apareció publicado como microfolletín por entregas en Diario de León. La edición, con una fotografía del American Star y dos del Great Eastern en su interior, será visible en formato e-book a partir del lunes 25 de noviembre -en algunos portales puede retrasarse hasta el miércoles 27- en las plataformas asociadas a Leer-e (Apple, Amazon, Google, El Corte Inglés, Casa del Libro, Fnac...) Descargarlo en vuestro ordenador, tableta, libro electrónico o edición Kindle cuesta 2,99 euros en Europa y 4,99 dólares en América. En préstamo, 0,99 euros y 1,99 dólares.

La mayor parte de los relatos son inéditos, aunque aparece en la colección Libre-e, que dirigen Marta Rivera de la Cruz y Martín Casariego, donde recuperan libros descatalogados que antes se publicaron en papel. Tierra adentro... iba a ser una revisión ampliada de El país de las nieblas pero al final sólo hay un relato revisado de aquel volumen y una reescritura de otro, que lo convierte en un cuento nuevo.

Leer-e es una editorial de referencia en el sector del libro electrónico en España. Además de la colección Libr-e digitaliza en Palabras mayores la obra de autores que ya son clásicos de la literatura como Gabriel García Máquez, Julio Cortázar o Carlos Fuentes.

Os dejo aquí el índice de los relatos. Mi intención es contaros más detalles de algunos de ellos en este blog en los próximos días. 




EL SASTRE DEL TITANIC
EL MONEDERO DE NELSON
LA NÁUSEA DEL MAR
LA PENA DE MORAYMA
EL REY DE ARENA
TRATADO DE ALQUIMIA
VIEJO BARCO DE HIERRO
EL CAYUCO
TIERRA ADENTRO
NÁUFRAGOS
EL VUELO DE WILL ROGERS
AZOUZ, EL PÁJARO

Microfolletín. EL DIABLO DEL MAR


Tierra adentro y otros cuentos de naufragios habla de la emigración, del exilio y de los naufragios íntimos. A veces, el mar sólo es un eco. Ojalá se oiga muy lejos.

martes, 17 de enero de 2012

Un eco que vino de México


Sillón para no levantarse nunca.
(El nombre se lo he puesto yo). Frente al Instituto Cultural Cabañas. Guadalajara. México

 

El país donde la muerte es una figura de culto y una realidad cotidiana, donde la pobreza amenaza a la mitad de la población y el narcotráfico tiene en pie de guerra al Estado, también es el país que organiza la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), el mayor escaparte de la lengua castellana en el mundo. Castilla y León llevó allí a tres voces nuevas de su narrativa en diciembre; José Manuel de la Huerga, Vicente Álvarez de la Viuda y Carlos Fidalgo, redactor de Diario de León y autor de esta crónica reposada sobre lo que vio en México. Y lo que intuyó.


Repito foto. De la Huerga y De la Viuda, flanqueándome.
Después, nos levantamos (o eso me pareció).

Diario de León. Filandón. Domingo 15 de enero de 2012

Yo estaba en plan de prometerlo todo, como el personaje de Pedro Páramo. Y prometí usar la libreta de papel rayado que acababan de regalarme para escribir un cuento sobre México.

Esto no es un cuento. Tampoco estoy escribiendo en la libreta de papel rayado. Pero voy a hablarles de México por si estas hojas de periódico llegaran a la Escuela Preparatoria número cuatro de Guadalajara, donde pasé una tarde hablando de literatura con una clase de adolescentes entusiasmados por los libros.

A Guadalajara, la segunda ciudad de México, llegamos tres escritores españoles invitados por la Junta de Castilla y León, y a propuesta del Gremio de Editores, para representar a las nuevas voces de la narrativa de nuestra comunidad en la mayor feria del libro del mundo hispano. El recinto ferial de Guadalajara iba a reunir en poco más de una semana —en los últimos días de noviembre y los primeros de diciembre— a más de seiscientos mil visitantes, todos lectores potenciales, a dieciocho mil profesionales, editores, agentes, distribuidores y libreros, y a más de quinientos escritores de todo el mundo, con Alemania como país invitado. Así que nosotros éramos tres voces pequeñas entre tanta algarabía de nombres.


La Nobel, Herta Müller, deslumbrada. (Del blog http://www.tiempo-naranja.org/)

La feria cumplía 25 años y por allí se habían presentado ya los premios Nobel Mario Vargas Llosa y Herta Müller. Y habían sido premiados Fernando Vallejo y Almudena Grandes. Por allí se había pasado Eduardo Mendoza con su Riña de gatos, y James Ellroy A la caza de la mujer. Y estaban anunciados Alejandro Jodorowsky y Antonio Skármeta, y un pelotón de novelistas coreanos, y Elena Poniatowska, y Fernando Savater, y Eliseo Alberto, y los veinticinco secretos mejor guardados de América Latina, que así bautizaron a un grupo de veinticinco escritores más o menos escondidos, seguramente no tanto como nosotros tres.

  
De la Viuda, De la Huerga (y yo). Y después de tanto nombre, voy a presentarnos. Viajaban conmigo en el avión Vicente Álvarez de la Viuda, —nacido en Valladolid en 1963 y autor de nueve novelas, finalista del Premio Nadal, creador del detective bibliófilo Ariel Conceiro y admirador de la literatura popular de Silver Kane— y José Manuel de la Huerga, leonés de Audanzas del Valle, donde nació en 1967, poeta, narrador, profesor, ganador de varios premios de literatura, como De la Viuda, y en plena promoción de su novela Apuntes de medicina interna. Yo recordaré aquí que nací en Bembibre en 1973, trabajo en el Diario de León desde hace ya unos años y después de publicar un libro de cuentos sobre las nieblas del Bierzo, también he ganado un premio con una novela, El agujero de Helmand, que usa la guerra de Afganistán para hablar de nuestros miedos más profundos.

El eco de Juan Rulfo. Catorce horas de vuelo con una escala en el Distrito Federal nos dejaron en la capital del estado de Jalisco, la tierra de Juan Rulfo, (al que admiro) y donde el autor de El llano en llamas, y de Pedro Páramo, y de El gallo de oro, y de poco más, porque no quiso publicar demasiado, da nombre a pabellones y auditorios.
 
Con De la Huerga, De la Viuda y
Víctor Ortiz Partida, en la FIL
Nosotros éramos el modesto relevo —al margen de Antonio Colinas, que volvía a llevar a México su poesía— de la vigorosa delegación que el año anterior había acudido a Guadalajara en representación de Castilla y León, invitada especial del 2010. Y en los pasillos del enorme pabellón cubierto, donde el público pagaba 10 ó 15 pesos por entrar, todavía había quien se acordaba de aquel escritor de Segovia que prefirió hablar de Japón porque le gustaba más que su provincia, o de aquel otro que presentó a los autores de una mesa redonda asegurando que no había leído nada de ninguno de ellos. Ni intención tenía de hacerlo.

(Qué tipos tan listos y tan raros, los escritores-presentadores-provocadores...).

A nosotros nos presentó el poeta mexicano Víctor Ortiz Partida, editor de la revista literaria de la Universidad de Guadalajara Luvina, que huyó de cualquier provocación y se tomó muy en serio la tarea de conocer lo que hacíamos y por qué lo hacíamos.
 

Mercado cubierto de San Juan.
 La otra feria de Guadalajara. Pero lo mejor de Guadalajara estaba fuera de la feria. Acompañados por José de Jesús Herrera Lomeli, director de una escuela preparatoria del extrarradio, conocimos la otra feria de la ciudad, igual de bulliciosa y todavía más popular. Está en el mercado cubierto de San Juan y allí se puede encontrar prácticamente de todo, desde un cerdo abierto en canal a unas falsas zapatillas de marca. No recuerdo, todo hay que contarlo, haber visto ningún libro.

Y lo mejor de lo mejor, al menos en mi caso, lo encontré aún más lejos. A las afueras de la ciudad. Muy cerca de una población muy turística llamada Tlaquepaque, en una sala llena de chavales expectantes.

Preguntas y respuestas. Ecos de la FIL se llama el programa que pone en contacto a algunos de los escritores que acuden a la feria con los alumnos de las escuelas preparatorias. A mí me tocó la número cuatro. Y aunque me habían avisado de que podía pasar algo grande, me sorprendió tanto entusiasmo. En cuanto me senté en el sofá, me bombardearon a preguntas. No recuerdo ninguna tontería. Al contrario. Al final de la charla, alguien levantó la mano y me preguntó por qué escribo sobre la muerte.

Porque forma parte de nosotros, le respondí. Y no le di más importancia.

Con los estudiantes de la Escuela Preparatoria número 4 de Guadalajara.

Después he pensado en la guerra con el narcotráfico, que alimenta de malas noticias la información que nos llega de México. He pensado en la impunidad y en los veinte muertos que un día antes de la feria aparecieron en tres furgonetas aparcadas en Guadalajara —una ciudad alejada de los asesinatos— y en lo difícil que resulta ser periodista allí.

Y de esto es de lo que quería hablarles. En México he visto que la gente se levanta por las mañanas pase lo que pase, hace su trabajo, o pide por la calle si es el caso, se gana la vida como puede, y en general, es amable. Mucho más amable que aquí, que sólo nos llega el eco de la violencia que sufren.

Así que me gustaría decirles otra vez a esos chavales que me regalaron un cuaderno rayado y una agenda de yeguas marroquíes que yo no sé nada de la vida y de la muerte que no sepan ellos. Aunque no se hable de ello el año que viene en los pasillos de la FIL.


Esta silla me espera (lo sé).

jueves, 19 de mayo de 2011

El hayedo

Hayedo de Bonicaparra (La Rioja), alfombrado de rojo.
Fotografía de LUIS LÓPEZ, publicada bajo licencia
Creative Commons.
AMANECE en penumbra. Nubarrones negros están cubriendo las montañas desde muy temprano. No dejan ver el bosque de hayas desde la ventana abierta de los aposentos de la reina, que de madrugada, se ha despertado otra vez envuelta en sudores y ha gritado asustada, reclamando la presencia de los criados.
     Un mal sueño, sin duda.
     Amanece un día oscuro. La reina se levanta cansada. Intranquila. Ha dejado que los criados abrieran de par en par las contraventanas de madera para que el aire de la mañana ventile los malos sueños del cuarto. El aire frío y el cielo nublado van entrando despacio en la estancia.
     La guerra será larga.
     La reina se lava. El agua relampaguea a la luz del fuego que arde en la chimenea. Los criados retiran la jofaina. Hoy tampoco ha llegado ningún mensajero, señora.
     La reina calla. El día avanza. La guerra no se acabará esta mañana ya hace casi un año desde que el rey partió con sus soldados a la batalla.
     "La guerra será larga", le dijo al despedirse.
     Apenas le rozaron las mejillas dos de sus dedos para secarle una lágrima incipiente, se ajustó el yelmo, miró a las montañas, picó espuelas y se perdió al frente de su ejército entre las hayas.


LA niebla se levanta. Viene del bosque. Sale de entre las flores y trepa por el tronco de los árboles hasta enredarse en las ramas. La mañana da paso a la tarde. Y la reina no habla con nadie. Apenas come. El bosque la llama.
     Lo sabe. Lo sueña todas las noches.
     Sueña que pasea por el bosque de hayas, que la envuelve la niebla y se pierde, que vaga durante horas y cuando ya está cansada y hambrienta, encuentra un rastro de pisadas. Estoy salvada, piensa, y sigue la senda abierta entre el follaje por las huellas.
     Lo sabe, claro que lo sabe. También esta noche lo ha soñado.
     Ha soñado que hay un secreto en el bosque. Ha soñado que hay un hilo de sangre en la senda. Con el alma en un puño lo sigue, paso a paso, y cuanto más se acerca, más tira de la madeja.
     Un cuerpo, recostado sobre un árbol.
     Dos cuerpos, abrazados.
     Tres cuerpos, ensangrentados.
     Corazas, hierros clavados, caballos sueltos, desorientados, pendones rasgados, una multitud de ojos abiertos, mirando más allá de la niebla. Y dos ojos que la miran sólo a ella.
     Todos sonríen a la muerte, que les estaba esperando, agazapada en lo más profundo del bosque.


LO presiente.
     Los nubarrones negros descargan una cortina de agua sobre las montañas. Una cortina que avanza.
     El bosque la llama.
     Pide que le ensillen un caballo. No quiere que la acompañe ningún criado mientras cruza la pradera al galope y se interna en la espesura, donde ya no le alcanzará nunca la lluvia.

***

Ejércitos medievales. No he logrado identificar el grabado.
CUANDO el rey regresó de la guerra, un año después, nadie supo decirle qué había sido de la reina. Llegó con las huestes diezmadas, con las llagas de una herida abierta en un costado, suspirando por las manos suaves de la reina, que otras veces, a la vuelta de alguna cacería, ya le había vendado cortes y arañazos.
     "La guerra ha terminado", dijo. "¿Dónde está la reina que no la encuentro a mi lado?". Y nadie, absolutamente nadie, tuvo el valor de contestarle.


DURANTE semanas, organizó batidas por el bosque sin ningún resultado. Peinó la floresta con sus soldados, sus sirvientes, que ya habían buscado sin suerte a la reina, con los centenares de campesionos, fieles vasallos, que fueron llamados desde las cuatro esquinas del reino.
     Pero después de unas semanas, no hallaron ningún rastro y los campesinos dejaron el bosque para recoger la cosecha, los soldados fueron trasladados de urgencia a la frontera para defenderla de las correrías de otros reyes interesados en continuar la guerra. Y los sirvientes.., los sirvientes fueron castigados durante un año a no traspasar los muros de palacio por haber dejado a la reina cabalgar sola para perderse en el hayedo.
     El rey no tenía descanso, pero la herida de su costado había cicatrizado sola.


ENTONCES decidió talar el bosque. La ausencia de la reina se le hacía insoportable y decidió cortar el hayedo, árbol a árbol, hasta encontrarla.
     Pero los soldados estaban en la frontera, guerreando. Los campesinos seguían ocupados en el campo, trabajando para alimentar a los soldados. Y a los criados no podía levantarles el castigo de no abandonar palacio sin perder su autoridad real. Así que decidió talar el bosque sin más ayuda que sus manos.
     Empezó un día de verano. Se levantó temprano, mucho antes del amanecer, mucho antes de que se levantaran los criados, y ni siquiera se paró a desayunar. Buscó un hacha afilada en la armería y ensilló un caballo.
     Amanecía, cuando terminó de talar el primer árbol.
     Había miles de hayas en aquel bosque, pero el joven rey estaba dispuesto a no desfallecer. El primer día taló diecisiete árboles, y hubiera talado treinta y cuatro si, debido al esfuerzo, la herida del costado no se hubiera puesto a sangrar de nuevo.

Niebla en el hayedo de Goizueta, Navarra.
(Foto de URANZU, seleccionada para Google Earth)
EL segundo día sólo taló doce hayas porque se encontraba muy cansado. Decidió talarlas en el centro del bosque. A media tarde, había perdido tanta sangre que el hacha le temblaba en las manos y pensó en regresar a palacio para descansar. Desanimado, se internó en el follaje dejando un hilo de sangre a su paso.


SOLO cuando cayó la noche y la penumbra ocupó todas las estancias de palacio, se atrevieron los criados a desobedecer las órdenes de su soberano para salir a buscarle. Al amanecer, y después de rastrear a ciegas durante toda la noche, encontraron el claro abierto en el centro del bosque y el hacha solitaria del rey, apoyada sobre un árbol talado. No vieron nada más que pudiera indicarles el camino que había tomado su soberano y corrieron a dar la alarma.
     La noticia sumió el reino en un mar de rumores y malos augurios. Los soldados volvieron de la guerra, los campesinos no recogieron aquel año las cosechas para buscar al monarca en el hayedo. Los criados descuidaron sus obligaciones en palacio para dar con su rastro.
     Durante semanas, se organizaron batidas por el bosque, día y noche, sin ningún resultado. Y cuando abandonaron la búsqueda, resignados, el pueblo se reunió en consejo multitudinario y eligió un regente para que les gobernara. Todavía albergaban la esperanza de que el rey volviera un buen día. Saliera caminando de entre la espesura de las hayas.


AQUEL reino perdió la guerra y tuvo que ceder a los reyes belicosos las tierras de la frontera. Los criados se encerraron durante un año en palacio, en señal de duelo. Los campesinos regresaron tarde a sus tierras para recoger las cosechas y todos pasaron hambre cuando llegó el invierno. Y con el tiempo, los rumores que fueron creciendo entre el pueblo sobre la suerte que corrió su rey se convirtieron en esta leyenda.
     Todavía hoy se cuenta que antes de que le encontrara la muerte, al rey le encontró la reina.


Publicado en El país de las nieblas (Instituto de Estudios Bercianos, 2005).

Desconozco el autor de la fotografía, el lugar donde
está talando, y sobre todo, por qué se empeña el
leñador en cortar el tronco que le sostiene.

EL REY LEÑADOR

Este es un relato que escribí hace siete u ocho años. Podría figurar en un libro infantil o en una publicación destinada a lectores adolescentes, de hecho, me propusieron leerlo en un colegio, pero entonces no tuve valor para enfrentarme al examen de una clase. Tiene las costuras de un cuento clásico y un poso sentimental que suele, o solía, envenenar lo que escribo en cuanto me descuido. Lo dejo aquí, porque me sigue gustando y porque sigo talando...