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jueves, 12 de febrero de 2015

2015


Nos hace falta otra novela de caballerías...

CUARTO CRECIENTE
Diario de León. Jueves 12 de febrero de 2015

En 2015, el rey Felipe VI se bajó el sueldo un veinte por ciento. Trece millones de españoles empezaron el año en riesgo de pobreza (uno de cada cuatro ciudadanos). Las urgencias de los hospitales rebosaban enfermos de gripe. Y Esperanza Aguirre, ex presidenta de la Comunidad de Madrid y aspirante a suceder a Ana Botella en la Alcaldía de la capital, negaba en un programa de televisión, entre la desfachatez y el desparpajo de quien estaba acostumbrada a mandar, que los recortes hubieran afectado a la Sanidad pública en su autonomía.

En 2015, España amanecía enfangada en casos de corrupción y de evasión fiscal. Basculaba la balanza entre la paja en el ojo de la sociedad pantalla de Monedero —ideólogo de un partido nuevo que quería acabar con el espejismo de la Transición y que metía mucho miedo (a quienes vivían cómodos en el sistema)— y la viga de acero de la lista Falciani, una relación de defraudadores con cuentas en Suiza que incluía a un deportista famoso y al principal banquero del país, ya fallecido.
 
En 2015, un juez instruía a contrarreloj asuntos que hacían tambalear al Gobierno en año electoral; sobresueldos en el partido, dinero negro y financiación irregular. Otra magistrada ponía contra las cuerdas en Andalucía a la baronesa del principal partido de la oposición, perjudicada por el lastre de sus antecesores. Y el principal partido de la oposición, el mismo que se había alternado en el Gobierno durante cuarenta años con el partido de los sobresueldos y el dinero negro, firmaba un pacto de Estado que incluía la cadena perpetua, pero prometía derogarla si llegaba a gobernar.
 
En 2015 había mucha confusión en España. Un guerra en Ucrania. Otra en Siria y en Irak, donde nacía un Estado terrorista (y ese sí que daba miedo de verdad). Un órdago en Grecia. Psicosis en Francia. Inmigrantes detrás de una valla. Xenofobia en todas partes. En 2015 había un mundo desigual. Menos libertades. Y en un periódico de una provincia del interior andaba yo, sopesando la posibilidad de escribir otra columna de opinión sobre 1844, el bicentenario del autor de una novela de caballerías y el influjo de los escritores románticos, porque me daba asco la actualidad.

miércoles, 11 de febrero de 2015

1844

1844 fue el año en que se publicó 'El Señor de Bembibre' y también
'La suerte de Barry Lyndon' adaptada al cine por Kubrick.
 
CUARTO CRECIENTE
Diario de León. Jueves 5 de febrero de 2015
 
En 1844, la reina María Cristina regresa a Madrid de su destierro y se instala en el Palacio de las Rejas para tratar de tutelar el reinado de su hija Isabel, que sólo tiene 14 años. Atrás queda la regencia de Espartero, el abrazo de Vergara, la guerra entre carlistas e isabelinos y la desamortización de los bienes del clero.
 
En 1844, José Zorrilla publica Don Juan Tenorio, que le dará fama, pero no dinero porque malvende sus derechos. Espronceda ha muerto. Larra lleva siete años enterrado. Y el Duque de Rivas ha logrado otro éxito con El desengaño en un sueño.
 
En Francia reina Luis Felipe de Orleans, el rey ciudadano, y el folletín alimenta los periódicos. Alejandro Dumas escribe Los tres mosqueteros y Víctor Hugo ya es un autor consagrado. Balzac y Flaubert hacen avanzar la novela. Y ha muerto Stendhal, el autor de Rojo y negro.
 
En la Inglaterra de la reina Victoria, William M. Thackeray publica La suerte de Barry Lyndon en el Fraser’s Magazine y alcanza una cima de la novela satírica al narrar en clave de falsa autobiografía el ascenso y caída de Redmond Barry. Despunta Charles Dickens, empieza a escribir Willkie Collins, y las hermanas Brönte preparan sus mejores obras.
 
En los Estados Unidos del destino manifiesto, Poe ha publicado El gato negro, quizá su cuento más inquietante, y está a punto de escribir su poema El cuervo. Hawthorne imagina La letra escarlata. Y Melville aún anda enrolado en una fragata después de navegar en los Mares del Sur con la tripulación de un ballenero.
 
La competencia es muy grande para un joven escritor español de una provincia interior en 1844. Hay talentos en todas partes. Novelas, dramas, poemas que resistirán el paso de los años. Y eso le está ocurriendo a El Señor de Bembibre, «una pequeña obra maestra» de Enrique Gil y Carrasco, dice su paisano Juan Carlos Mestre, maltratada por la muerte temprana del escritor y la desidia de los editores que ahora reedita Valentín Carrera. Porque el mejor homenaje que puede recibir su autor, en el bicentenario de su nacimiento y 171 años después de que la escribiera, es publicarla otra vez sin erratas, sin errores, y con ilustraciones de Mestre. Para que ustedes la lean.

viernes, 30 de enero de 2015

Mestre reinventa 'El Señor de Bembibre'

 
'Hicieron volar la barca sobre las aguas del lago de Carucedo'.
 Ilustración de JUAN CARLOS MESTRE sobre un original de ZARZA Y BATANERO.
Cortesía de Valentín Carrera.
 
Diario de León. Jueves 29 de enero de 2015
 
Imagínense un unicornio en las páginas de El Señor de Bembibre. Una exótica ave de las selvas sudamericanas posada sobre un árbol en la orilla del lago de Carucedo mucho antes de que se descubriera el nuevo continente. Imagínense una fusión del paisaje medieval y la ilustración romántica con el lenguaje del cómic, el collage y los recortables, la pintura religiosa y el surrealismo. Imagínenselo y descubrirán que detrás de todo se encuentra el trazo inconfundible de Juan Carlos Mestre.
 
El ilustrador y poeta villafranquino, Premio Nacional de Poesía y mención de honor en el Premio Nacional de Grabado, se atreve ahora con un clásico. Y lo hace por partida doble, porque la nueva edición de El Señor de Bembibre que prepara el escritor y periodista Valentín Carrera no sólo reproduce el ensayo Historia secreta de la melancolía, que Mestre escribió sobre Enrique Gil y Carrasco en 2004 junto a Miguel Ángel Muñoz Sanjuan, también incluye 21 láminas con la reinterpretación que el artista villafranquino hace de las ilustraciones originales de Zarza y Batanero para la primera edición de la obra (Madrid, 1844).
 
«Es una relectura descontextualizada. Un divertimento para mi amigo Valentín Carrera», reconocía ayer el ilustrador, una de las voces que en los últimos años ha reivindicado no sólo la modernidad de su paisano Gil y Carrasco, antecedente del romanticismo poético de Bécquer, sino la vigencia de El Señor de Bembibre, novela que considera «una pequeña obra maestra».
 
Mestre le ha dado la vuelta a las ilustraciones de Zarza y Batanero, que otro escritor berciano como Ramón Carnicer calificó en su día de «mediocres», hasta transformarlas en algo completamente distinto del modelo original. Lo explica el propio Carrera en la nota del editor que acompaña a la nueva edición de la novela, el número nueve de la Biblioteca Gil y Carrasco donde está reuniendo las obras completas del autor romántico. «A la manera en que Picasso reinterpretó Las Meninas, Mestre ha reinventado los ‘mediocres’ grabados del siglo XIX en una lectura visual sugestiva, plena de imaginación y fantasía». Carrera continúa. «En esta reinvención de El Señor del Bembibre, el alquimista Juan Carlos Mestre ha fundido sentimientos, artes, estilos, la nobleza, el amor, la poesía, unicornios recién salidos del ciclo artúrico, miniaturas de manuscritos medievales, el lenguaje del cómic y los recortables, el Beato, los ciclos de los meses en el Panteón de San Isidoro, la pintura religiosa, el surrealismo... ¡Mestre en estado puro!», explica entusiasmado el editor.
 
Juan Carlos Mestre, por su parte, no desdeña, ni mucho menos, las ilustraciones originales del pintor Zarza y el xilógrafo Batanero, al contrario de lo que hizo Ramón Carnicer, autor de un prólogo sobre la novela convertido en un texto clásico que también incluye la nueva edición de Carrera. «Respondían al gusto de la época. Mostraban el mundo de los templarios como se veía entonces, que no había ni Wikipedia, ni Internet».
 
Completa la aportación desinteresada de Mestre a la nueva edición de El Señor de Bembibre el ensayo conjunto con Muñoz Sanjuan, publicado por primera vez en 2004. En Historia secreta de la melancolía, ambos enseñan a un Gil y Carrasco alejado de los convencionalismos, amigo íntimo del «revolucionario Espronceda», cuenta Carrera, y conectado a la corriente del liberalismo, que se había opuesto al absolutismo de Fernando VII. Un texto que ya se pregunta por los vínculos de Gil y Carrasco con la masonería y que dejaba entrever algunas dudas sobre su verdadera condición sexual, añade el editor. Un texto, en cualquier caso, donde Mestre y Muñoz Sanjuan defienden la importancia de la obra de Gil y Carrasco como antecedente del romanticismo poético de Bécquer, de la misma forma que Luis Cernuda y Ramón Sijé.
 
Escritor moderno
 
«La modernidad de Gil y Carrasco es incuestionable», decía ayer el poeta de su paisano decimonónico. Y lo es, además de por sus hallazgos poéticos o su labor como crítico teatral, que ha redescubierto Miguel Ángel Varela en un volumen anterior de la Biblioteca Gil y Carrasco, por la novedad que supone El Señor de Bembibre, vigente en el bicentenario del nacimiento de su autor. Mestre no comparte la visión de la novela de Azorín, que en una cita famosa la denostó por su trama «infantil» y sus personajes «poco coherentes», a la vez que la elogiaba porque introducía el paisaje en la literatura española. El villafranquino, sin embargo, afirma que Gil y Carrasco hace algo más, y de ahí su modernidad. «Gil y Carrasco convierte el paisaje en un personaje», afirma.
 
Y esa reinvención del paisaje del Bierzo hasta «elevarlo a la categoría de persona», según Mestre, no está lejos del espíritu con el que el autor de La bicicleta del panadero se ha acercado ahora a la iconografía clásica de Zarza y Batanero para darle otra vuelta de tuerca a una novela que nunca se agota.
 
 

'Doña Beatriz le aguarda al otro lado de la reja'.
Ilustración de JUAN CARLOS MESTRE sobre un original de ZARZA Y BATANERO

 
Un texto  "limpio de erratas y distorsiones" y con menos comas
 
Es sabido que Gil y Carrasco no pudo corregir las galeradas de El Señor de Bembibre porque partió antes para Berlín, donde moriría. La «desidia» de los sucesivos editores, cuenta Carrera, llevó a que la novela apareciera con erratas, errores de toponimía, cambios de nombre de personajes, números de capítulos repetidos y puntuación ajena al modo de escribir del autor. El primero en purgar el texto original en una edición crítica fue Ramón Carnicer en 1971. Carrera viene ahora «a hombros de gigantes» que también mejoraron la edición de la novela como el propio Carnicer, Campos, Picoche, Rubio, Mestre y Muñoz para ofrecer un texto «limpio de erratas y distorsiones», y con menos comas que interrumpan la lectura, en un intento de recuperar el ritmo fluido de otros escritos del autor.
 
 


Ilustración original de Zarza y Batanero



 
Así dibujaban Zarza y Batanero en 1844...
 
Los grabados originales de Zarza y Batanero responden "al gusto de la época", explica Mestre, que no es tan duro como Carnicer cuando calificó de "mediocres" las ilustraciones de 1844. La de Zarza y Batanero, cuyo rastro ha seguido el profesor Jovino Andina, es una visión "historicista" del mundo templario, aún hoy demasiado idealizado y que el poeta e ilustrador villafranquino no comparte. Un mundo de monjes guerreros, mercenarios, y una tradición, la de las Cruzadas, que a Mestre le resulta "ajena y distante" y que Gil y Carrasco sólo usó como telón del "discurso amoroso frente a la fuerza" de su novela.
 

Interpretación de Mestre de la lámina anterior

 
...y así lo ve Juan Carlos Mestre en 2015
 
Juan Carlos Mestre ha volcado toda su creatividad sobre las ilustraciones originales de Zarza y Batanero. El color, las imágenes surrealistas, cierto sentido del humor, el lenguaje del cómic, el lirismo y la fantasía que se desprende de las 21 láminas retocadas por el villafranquino, cuya faceta como ilustrador está igual de reconocida que su poesía, son uno de los mayores reclamos de la nueva edición de El Señor de Bembibre que Valentín Carrera quiere presentar a principios de febrero en la localidad que da nombre a la novela. Carrera compara el trabajo de Mestre con la reinterpretación de Picasso de Las Meninas. 



lunes, 26 de enero de 2015

Gil y Carrasco era rubio (o casi)

Imagen icónica de Gil y Carrasco, moreno, con los ojos oscuros y el pelo en retirada

CUARTO CRECIENTE
Diario de León. Jueves 22 de enero de 2015


Gil y Carrasco era rubio (o casi). Tenía los ojos azules, el mirar abierto, con aire de hombre del Norte. Así lo describe otro escritor como Ramón Carnicer —y la cita la ha recuperado estos días Nicanor García Ordiz— que en 1971, casi un siglo y medio después de su publicación, purgó de erratas y topónimos equivocados el texto original de El Señor de Bembibre porque su autor no tuvo tiempo de revisarlo.
 
Gil y Carrasco era tan rubio, tenía la piel tan blanca y los ojos tan azules que parecía «oriundo» de Alemania, ya había escrito de él en 1846 un contemporáneo como Ferrer del Río. Y si quedara alguna duda sobre sus rasgos, el propio autor trazó un retrato de sí mismo en un poema en prosa —Anochecer en San Antonio de la Florida— dónde decía que sus ojos eran azules apagados y su cabello claro.
 
De Gil y Carrasco nos queda mucho por saber. Y mucho por leer, claro. Todavía es un gran desconocido, me dice Jovino Andina, el mayor coleccionista de ediciones de El Señor de Bembibre. El congreso del bicentenario debe servir ahora para que ocupe su lugar en la historia de nuestra literatura, y que no debe estar muy lejos de aquella cita de Azorín que calificaba su novela más famosa de «candorosa e infantil» y «sin trabazón lógica», pero importante porque «en sus páginas nace, por primera vez en España, el paisaje en el arte literario».
 
Gil y Carrasco vestía a la moda, con cierta severidad, y tenía ademanes reposados y la mirada un poco triste. Ignoro si el congreso nos aclarará aspectos de su vida de los que apenas se ha hablado. Me refiero a su pertenencia a la masonería y su supuesta homosexualidad. Sin duda, ayudarían a entender su obra. Aunque no me extrañaría que, viendo la controversia que genera entre quienes aún deben de considerar una vergüenza la homosexualidad y una herejía la masonería, suceda lo mismo que con la imagen icónica del escritor que ha llegado a nuestros días, tomada de una pintura posterior y repetida erróneamente en bustos e ilustraciones; un hombre mayor, de pelo negro escaso y ojos oscuros. Aunque todos sepamos que Gil y Carrasco murió con 30 años. Y era rubio (o casi).

lunes, 19 de enero de 2015

Todos los Señores de Bembibre

 
Edición de Aguilar, con ilustraciones de José Bort


 
Diario de León. Lunes 19 de enero de 2015

 
El Señor de Bembibre es una caja de pandora en la que cabe de todo. En primer lugar, caben erratas y topónimos equivocados que su autor no pudo corregir para la primera edición de la novela —publicada en 1844 en Madrid por Francisco de Paula Mellado— porque ya se encontraba de viaje a Berlín, donde fallecería. Tuvo que ser otro escritor hoy convertido en un clásico como Ramón Carnicer el que en 1971, casi un siglo y medio después de la muerte de Enrique Gil y Carrasco, purgara el texto original para una edición de bolsillo en Seix Barral.
 

Caben hermanos y amigos, como Joaquín del Pino y Fernando de la Vera e Isla, responsables de la segunda edición del texto en 1883, junto a la novela corta El lago de Carucedo y algunos artículos de crítica, y Eugenio Gil y Carrasco, que prologó aquella publicación de la que apenas quedan copias localizadas en la Real Biblioteca de Madrid o en Alicante.
 
Caben y cabrán ilustradores de renombre; desde los originales de Zarza y Batanero de 1844, que encarecían la primera edición de ocho a doce reales, a José Bort, dibujante de La Familia Telerín y Los Lunnis, que llegó a ilustrar una edición infantil de la obra. Cabe el trazo del berciano Ángel Ruiz, que se encargó de la portada que en 1971 editó la desaparecida Librería Arriba y Castro en Ponferrada, con el mismo prólogo clásico de Carnicer.
 

 
Ilustración de Zarza grabada por Batanero para la primera edición
  

Y cabe el talento del poeta e ilustrador villafranquino Juan Carlos Mestre, que prepara una nueva reinterpretación de los grabados originales para la nueva edición de la obra que Valentín Carrera quiere presentar en Bembibre el próximo mes de febrero dentro de su proyecto de la Biblioteca Gil y Carrasco, que recopila las obras completas del autor por primera vez desde 1954.

 
Por caber, cabe hasta un maestro fusilado durante la Guerra Civil, Rafael Álvarez, que en 1925 editó con el seudónimo P.R.M. la primera versión para escolares de la novela.
 
Y el guardián de la caja de pandora más grande de El Señor de Bembibre, donde caben hasta 85 de las casi cien ediciones de las que se tiene constancia que se han publicado de la novela histórica más famosa del Romanticismo español, es Jovino Andina, un profesor jubilado que ha dado clase en Bembibre, claro, donde reside desde que en 1968 llegó al Bierzo desde Taramundi (Asturias). Andina leyó por primera vez El Señor de Bembibre en la edición escolar  de Álvarez y posteriormente pagó 90 pesetas para adquirir la obra completa editada por Toray. Fascinado por el Bierzo, donde acabó por echar raíces, en el último medio siglo no ha dejado de rastrear la huella de la novela en librerías de viejo y bibliotecas a la vez que se convertía en uno de los divulgadores más conocidos de la cultura de la comarca. «Es una afición que fue creciendo a fuego lento», decía ayer en la biblioteca de su casa, mientras mostraba a este periódico algunas de las ediciones más curiosas de la novela sobre la que prepara un catálogo y un estudio editorial que próximamente publicará el Instituto de Estudios Bercianos y el propio Valentín Carrera.
 
 
La afición de Andina le ha llevado a rastrear los pasos de los primeros ilustradores, o a descubrir que detrás del enigmático seudónimo del responsable de la primera «adaptación para la clase de lectura de las Escuelas Primarias» (Benito Izaguirre editor, Madrid, 1925) se escondía el maestro Rafael Álvarez, que vivió en Bembibre de niño y que iba a morir paseado años después. Y entre todas las ediciones, con erratas o en miniatura, con textos críticos de Carnicer, de Jean Louis Picoche en Castalia, de Enrique Rubio en Cátedra (que ha alcanzado la 13ª edición), traducidas al alemán o adaptadas al inglés como la titulada The mistery of Bierzo Valley (Gethen y Veaho, Londres, 1938), la más apreciada de todas es una de la que sólo se hizo una copia; la que la familia del profesor Martín Simón, compañero de aulas en el colegio Menéndez Pidal, le transcribió a mano a Andina para regalársela el día en que se jubiló.

Ilustraciones de José Bort

La primera edición
 
A Jovino Andina sólo le falta una decena de ediciones de El Señor de Bembibre, entre ellas la que se publicó en 1883 con prólogo de Eugenio Gil y Carrasco, pero en 2003 todavía se hizo en Internet con una copia "en muy mal estado" de la primera edición de 1844. Y sólo tres años después, encontraría un ejemplar mejor conservado en la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Madrid, en la caseta de un librero catalán instalada frente al Café Gijón. "La conseguí por un precio módico, sólo me pidió 80 euros", dice de un libro que hoy ya no se encuentra.