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jueves, 4 de septiembre de 2014

El sastre del Titánic (8y)

Michel ha puesto a salvo a sus hijos en un bote. El sastre de Niza se enreda en un hilo suelto de su abrigo cuando nota cómo se levanta la popa del Titanic. Comienza el final de esta historia real...

"... en las ropas de quien tomaron por Michael Hoffman..."
ILUSTRACIÓN de PABLO J. CASAL


Un relato de Carlos Fidalgo
Ilustrado por Pablo J. Casal



Capítulo Octavo 
 

Lolo y Momom comían bizcochos, ilusionados con la aventura de navegar en un bote, cuando a su espalda, las luces del Titanic se apagaron del todo y la orquesta dejó de tocar. Un momento después, la silueta del trasatlántico desaparecía en medio de un estruendo ensordecedor y el mar se tragaba a su padre.

Antes de quedarse dormidos, los dos niños aún tuvieron tiempo de jugar un rato con el perro de la hija del banquero norteamericano, que no dejaba de ladrar.


***
A los seis días del naufragio, la fotografía de Lolo y Momon aparecía en el diario Le Figaro y Marcelle Caretto, que había denunciado a su marido por el secuestro de sus hijos, estallaba en llanto.
"Son ellos", les dijo a sus familiares. "¡Son Michel y Edmond!".
Los huérfanos del Titanic, decía el pie de foto. Y tembló al imaginarse el peligro que habían corrido.

***
Marcelle viajó desde Francia a Nueva York en el primer barco de la White Star Line y la historia de su emotivo encuentro con los niños dio la vuelta al mundo. Conmovió a millones de lectores. Y llenó cientos de hojas de periódicos.

A Michael Nvratil, sin embargo, lo dieron por desaparecido. Nadie reparó en que al sastre lo habían enterrado en el cementerio judío de Halifax, con un nombre falso, después de que su cuerpo apareciera flotando en el lugar donde el Titanic se había hundido igual que un traje descosido. Y al empleado de la naviera que inventarió sus objetos personales le pareció del todo irrelevante que en las ropas de quien tomaron por Michel Hoffman hubiera un libro de bolsillo, un reloj y una cadena de oro, unas llaves, la cuenta de la habitación ciento veintiséis del hotel Charing Cross de Londres, una billetera de plata, seis libras y un revólver.
                                                    Con dos balas en el tambor.



Este relato forma parte del libro Tierra adentro y otros cuentos de naufragios,  publicado en formato digital por la editorial Leer-e en la colección Libr-e. Publicada ahora como serial en en Diario de León, entre el domingo 13 de julio y el domingo 31 de agosto.

LOS AUTORES


Pablo J. Casal se autorretrata junto al autor de este blog.

PABLO J. CASAL. Ilustrador gallego. Sus creaciones han aparecido en la revista digital El Corso, donde ha ilustrado reportajes sobre el centenario de la Primera Guerra Mundial, literatura fantástica y ciencia. También en el suplemento Filandón de Diario de León han podido verse algunos de sus dibujos.

CARLOS FIDALGO. Autor de (como podéis ver en este blog) El país de las nieblas (IEB, 2005), El agujero de Helmand (Menoscuarto, 2011, V Premio Tristana de Novela Fantástica), Tierra adentro y otros cuentos de naufragios (Leer-e, 2013) y del relato Solarium, incluido en la antología de Hijos de Mary Shelley Piedad y deseo. Otros hijos de la misma noche (Imagine, 2014).

miércoles, 27 de agosto de 2014

El sastre del Titanic (7)

Michel pone a salvo a sus hijos en un bote y el oficial que selecciona a las mujeres y los niños en cubierta le recuerda al día en que pidió el divorcio a su esposa. Pero el Titanic, sentenciado, se traga su rencor...

La orquesta del Titanic tocaba 'Mas cerca, oh Dios, de ti'
ILUSTRACIÓN de PABLO J. CASAL



Un relato de Carlos Fidalgo
Ilustrado por Pablo J. Casal




Capítulo Séptimo
 



"Le digo que voy a subir a ese bote. Sea como sea. He pagado mi pasaje en primera clase", le gritaba un pasajero al oficial Lightoller en la cubierta, mientras se palpaba los bolsillos y esgrimía una billetera. El sastre, que todavía acomodaba a Lolo y a Momon en la barca, le miró y notó un escalofrío.
Observó a su alrededor, con la discusión cada vez más enconada, y no vio más que rostros de gente pudiente, procedentes de las cubiertas superiores, que buscaban un hueco en alguno de los botes, como todos.
"Le pagaré, le pagaré bien", insistía el pasajero de la billetera, al borde de un ataque de histeria.


"El dinero ya no importa", le respondió el oficial, mientras levantaba su pistola reglamentaria, apuntaba a las estrellas y disparaba dos veces para alejar al hombre que quería sobornarle y de paso advertía a la multitud que estaba a punto de romper la barrera de brazos de la tripulación de que iba en serio.
El sastre se asustó. Los dos disparos sonaron como dos aldabonazos en su conciencia. Recordó la angustia que había sentido la primera noche que había pasado con sus hijos en Londres, y se preparó para despedirse de los niños.
"No tengas miedo Lolo. Cuando tu madre venga a por vosotros, dile que nunca quise haceros daño", le dijo a su hijo mayor mientras lo sujetaba por las axilas. "Dile que esperaba que viniera a reunirse con nosotros", añadió. Después miró a la pasajera de primera clase Margaret Hays, que se había sentado junto a los pequeños, y le pidió que cuidara de sus hijos.

***

La proa del Titanic se hundía, el naviero Bruce Ismay estaba a punto de saltar a uno de los últimos botes de estribor sin que ningún miembro de la tripulación se atreviera a reprochárselo, y el capitán buscaba un megáfono para llamar a las lanchas medio vacías que se alejaban del barco, cuando el millonario Benjamin Guggenheim y su mayordomo Giglio abandonaron la cubierta, bajaron a sus camarotes, se quitaron los abrigos y los chalecos y se vistieron sus trajes de etiqueta; un frac impoluto el magnate del cobre y un elegante uniforme negro su criado.

"¡Los recién casados pueden completar esta lancha!", gritaba a un miembro de la tripulación, mientras tanto. Pero John Jacob Astor IV, que llevaba siete meses casado con la adolescente Madeleine, consideró que no era su caso, le ofreció sus guantes a su esposa para que no pasara frío y le pidió que se subiera sola a la lancha.

"Yo iré en el siguiente", le mintió.

***
 

En la cubierta, la orquesta del Titanic todavía se esforzaba por evitar el pánico y tocaba Más cerca, oh Dios, de ti, su última pieza. Michel Nvratil, que había perdido de vista el bote con sus hijos, respiró hondo, se acercó hasta los dos hombres vestidos de gala y apreció algo más que la calidad de sus trajes.

"Nos hemos puesto lo mejor que tenemos y estamos dispuestos a morir como caballeros", le dijo Guggenheim.

Y Michel se enredó los dedos con un hilo suelto de su bolsillo cuando notó que el barco empezaba a levantarse por la popa.

Finaliza en el próximo capítulo...

lunes, 18 de agosto de 2014

El sastre del Titanic (6)


El Titanic se hunde, las cubiertas son un caos, y Michel le busca hueco a sus hijos en un bote. «Sólo puede acompañarles su madre», le avisa, revólver en mano, el oficial Lightoller. Y emergen los celos...
 

"Se entretuvo con una caja de alfileres y unos imperdibles,
 pero no había forma de pensar en otra cosa"
ILUSTRACIÓN de PABLO J. CASAL


Un relato de Carlos Fidalgo
Ilustrado por Pablo J. Casal



Capítulo Sexto
 

Michel Nvratil no recordaba muy bien cuándo habían comenzado a torcerse las cosas en su matrimonio. Un mal día, ocioso en su sastrería, se había dado cuenta de que los silencios de su mujer eran demasiado largos, las caricias cada vez más escasas, las miradas más esquivas y las palabras cariñosas habían desaparecido por completo de su vida en común.

Primero pensó que era por los niños. "Dan demasiado trabajo", se dijo. Y lamentó que el negocio de la sastrería no le alcanzara para mantener un servicio doméstico en condiciones.

Pero pocos días después, mientras contemplaba el movimiento de las nubes desde el escaparate, se le ocurrió que si su esposa estaba tan distante y ya no le brillaban los ojos como al principio, era porque había otro hombre en su vida.

"¡Qué tontería!", se dijo.

Pero no logró apartar aquella desazón de su cabeza.


***

Se entretuvo con una caja de alfileres y unos imperdibles, pero no había forma de pensar en otra cosa.

"Quizá estén juntos ahora mismo", se dijo finalmente. Y durante el resto de la mañana se dejó llevar por su inseguridad mientras cortaba retales con sus tijeras, hasta que cerca del mediodía, y sin ningún cliente que le distrajera, el ataque de celos se volvió incontenible.

Abrió un cajón. Guardó las tijeras y se armó de valor. Después cerró la sastrería.


***

Camino de su casa, Michel Nvratil descubrió a dos amantes abrazos en uno de los parques de Niza donde solía pasear con Marcelle cuando eran novios y notó una punzada en el corazón.

"Es ella, seguro que lo es", se dijo a punto de perder la cabeza. Entonces metió las manos en los bolsillos, la cabeza entre las solapas del abrigo, y avanzó con paso dubitativo hacia la pareja, dispuesto a hacer algo irremediable.

Pero no lo hizo.

En el último momento se alejó de ellos y no quiso saber nada.


***

Michel deambuló por las calles de Niza hasta que pasó la hora del almuerzo y después volvió a la sastrería, vendió dos trajes, le encargaron una camisa, dibujó unos patrones, ordenó las telas en el mostrador, sacó las tijeras del cajón y las afiló, y tampoco así se tranquilizó.

A la hora de la cena regresó a su casa, colgó el abrigo y el sombrero del perchero, dejó los guantes sobre el aparador, balbuceó unas disculpas por su ausencia en el almuerzo, pero no fue capaz de preguntarle nada a su mujer mientras se sentaban en la mesa del comedor.

Aquella misma noche, aquejado de un insomnio pertinaz, despertó a Marcelle para decirle que quería el divorcio.
 
 
Continuará...
 

martes, 12 de agosto de 2014

El sastre del Titanic (5)

Separado de su esposa, Michel Nvratil oculta su identidad para huir en el Titanic con sus hijos. El 14 de abril, un golpe en el costado le levanta del camastro y lo que ve en la cubierta le hace temer lo peor...

".. se encontraron con un caos de gente asustada, un frío glacial,
que cortaba las manos, y un avispero de hombres que discutía
 acaloradamente con la tripulación para que
les permitieran subir a las lanchas".
ILUSTRACIÓN de PABLO J. CASAL
Un relato de Carlos Fidalgo
Ilustrado por Pablo J. Casal


 
Capítulo Quinto
"Nos hundiremos en una hora, dos a lo sumo", le decía Thomas Andrews al capitán, con los planos extendidos sobre el puente, los compartimentos estancos cerrados, el agua que penetraba por seis boquetes, el barco escorado hacia la proa y los pasajeros cada vez más inquietos, a punto de dejarse llevar por el pánico.

Y el naviero Bruce Ismay, que se había levantado de la cama, sobresaltado, se había vestido el abrigo encima del pijama y venía de la sala de máquinas, donde el ingeniero Joseph Bell le había asegurado que las bombas podrían achicar toda el agua, se quedó igual de blanco que el iceberg cuando escuchó por boca del constructor que el Titanic estaba sentenciado.


***
 
Edward John Smith estuvo a punto de mandar al cuerno a su patrón cuando lo vio en el puente.

"¿Por qué demonios le habré hecho caso?", se preguntó. Pero su sentido del deber se impuso y no perdió el tiempo en reproches.

"Ahora no puedo atenderle", le dijo a Ismay.

Y corrió a la sala del radiotelegrafista y le pidió que transmitiera un mensaje de socorro. Después reunió a los oficiales, les ordenó que descolgaran los botes salvavidas y se avergonzó por haber declarado a la prensa que el Titanic era insumergible.

***

"El Carpathia viene hacia aquí", le informó unos minutos después Jack Phillips, el radiotelegrafista.

"¿A qué distancia está?"

"Cuatro horas", murmuró Phillips.

Y el capitán del barco de pasajeros más grande y lujoso del mundo, y a pesar de todo, sin suficientes botes en los pescantes, supo que más de la mitad del pasaje iba a morir. Entonces observó a su alrededor, como si buscara un lugar donde esconderse, y se encontró con el segundo oficial Lightoller, que esperaba órdenes. "Arme a los marineros", le pidió en previsión de que se produjera una avalancha en la cubierta de las lanchas. "Y que llamen a la orquesta", añadió mientras respiraba profundamente.

***

Michel Navratil se cruzó con su vecino de cabina en el pasillo y le rogó que le ayudara a despertar a sus hijos. El barco se inclinaba y algunos miembros de la tripulación repartían chalecos salvavidas entre los pasajeros y les decían que sólo se trataba de un simulacro. Pero Michel había visto el hielo y se imaginaba lo peor.

Michel despertó a Lolo y lo vistió con ropa de abrigo. Su vecino hizo lo mismo con Momon. Después salieron al pasillo de nuevo, ahora sí, convertido en una marea de pasajeros en permanente oleaje.

"No habrá botes para todos", le decía a su espalda el hombre que llevaba a Momon en brazos mientras él se habría paso a codazos por las escaleras con el pequeño Lolo cada vez más confundido.

En la cubierta de babor, se encontraron con un caos de gente asustada, un frío glacial, que cortaba las manos, y un avispero de hombres que discutían acaloradamente con la tripulación para que les permitieran subir a las lanchas.

Al momento, una bengala se elevó hacia el cielo desde algún lugar del puente, alcanzó varios cientos de pies de altura y explotó con gran estruendo en un haz de doce estrellas blancas y brillantes.


***

La tripulación formó una cadena para impedir que los pasajeros varones embarcaran en los botes. El oficial Lightoller gritó, enérgico, que sólo las mujeres y los niños tendrían un sitio garantizado. Y a Michel y a su vecino de cabina les permitieron atravesar la barrera cuando vieron que llevaban en brazos a Lolo y a Momom.

"Déjenlos en el bote y échense a un lado, sólo puede acompañarles su madre", les advirtió el oficial, con un revólver en la mano y el barco cada vez más escorado.

El sastre observó la pistola.

                                         Miró a sus hijos.

                                                                Pensó en su esposa.



Continuará...


jueves, 7 de agosto de 2014

El sastre del Titanic (4)

Michel Nvratil navega en el Titanic con sus hijos y un nombre falso. Dueño de una sastrería en Niza, Michel le ha pedido el divorcio a su esposa y ha huido con los niños. El 14 de abril los acuesta temprano...

"Se le ocurrió que el mayor barco del mundo no era en realidad más grande
que una aguja cosiendo un hilo de espuma sobre el océano."
ILUSTRACIÓN de PABLO J. CASAL


Un relato de Carlos Fidalgo
Ilustrado por Pablo J. Casal


Capítulo Cuarto


Si Nvratil no hubiera estado tan preocupado por el futuro de los niños, hubiera disfrutado de aquel prodigio de cincuenta mil toneladas en el que navegaban, tan alto como un edificio de quince pisos, tan largo como tres estadios de béisbol. Pero Michel siempre estaba taciturno. Cada día que pasaba se sentía más culpable y los remordimientos no le dejaban dormir.

***

La noche del 14 de abril, el sastre de Niza acostó a los dos niños en cuanto oscureció, cerró la cabina con llave y a pesar del intenso frío, salió a pasear por la cubierta de los botes, envuelto en pensamientos sombríos. Desde allí, contempló el cielo estrellado y el mar sin oleaje, convertido en un espejo de agua negra. Observó los astros y le parecieron botones brillantes. Después bajó la vista hasta la cubierta, se apoyó en el pasamanos, y se le ocurrió que el mayor barco del mundo no era en realidad más grande que una aguja cosiendo un hilo de espuma sobre el océano.

***

A la misma hora y en el salón de fumadores, el presidente de la naviera, Bruce Ismay, que siempre vestía lujosos trajes hechos a la medida y ocupaba el camarote principal del barco, justo detrás de la gran escalera de primera clase, le decía al capitán que no sería necesario reducir la marcha, a pesar de los informes de otros barcos que habían avistado icebergs en la ruta.

"Estamos en el viaje inaugural. Seguro que tiene otras alternativas".

Y Edward John Smith, el marino más capaz de la White Star Line, que ya había desviado el rumbo del Titanic unas millas hacia el sur para alejarse de los témpanos de hielo, se alisó la barba blanca, calibró las posibilidades que tenía de llevarle la contraria a su patrón, y finalmente llamó a uno de sus oficiales y le pidió que mantuviera la velocidad de veintidós nudos y redoblara la guardia en lo alto de las cofas.

Después se fue a dormir.


***

Con sus hijos acostados y a la vuelta de su paseo por la cubierta de segunda clase, a Nvratil le costaba conciliar el sueño, otra vez.

Recordaba a su esposa. Se preguntaba cuánto tiempo le duraría el dinero que había traído con él. Cuánto dinero le haría falta para abrir otra sastrería. Qué lugar de Nueva York sería el más apropiado. Si Marcelle sería capaz de encontrarles alguna vez. Si después de todo, no estaría deseando que lo hiciera.

Y se imaginaba cómo sería el reencuentro en una bulliciosa esquina de Brooklyn, o en una de las grandes avenidas de Manhattan, cuando escuchó un tremendo golpe en el casco.

El camarote retumbó. Los objetos de la mesita acabaron en el suelo. Y Michel, desorientado, se levantó del camastro, se vistió unos pantalones y el abrigo, se palpó los bolsillos, y salió al pasillo para averiguar lo que sucedía.

Como nadie sabía qué decirle en medio de tanto alboroto, subió a la cubierta de segunda clase. Entonces descubrió unos pedacitos de hielo en el mismo lugar por donde había caminando dos horas antes, levantó la cabeza hacia el cielo y le pareció que había menos estrellas.

***

El capitán apareció en aquel momento por la cubierta, seguido del constructor Thomas Andrews, del carpintero Hutchins y del primer oficial Murdoch. Michel Navratil se echó a un lado y les dejó pasar, pero no le pareció buena señal que el hombre que gobernaba el barco se arrancara dos botones de la chaqueta en un gesto de rabia involuntario y los dejara caer al suelo. Los dos botones rodaron sobre la cubierta de madera, se detuvieron al pie de un trozo de hielo y al sastre le parecieron dos ojos negros, muy negros, sin nada que mirar.
Comprendió que era hora de regresar a la cabina para vestir a sus hijos.
Continuará...






lunes, 28 de julio de 2014

El sastre del Titanic (3)

Michel ha embarcado a sus hijos en el Titanic huyendo de su esposa. Es un barco de prodigios. Salones, cafés y una cúpula de cristal reflejan los lujos del siglo XX. Y devuelven la sombra de la pobreza...

"Michel se fijó en la riqueza de sus ropas, en la calidad de
 sus maletas... ILUSTRACIÓN DE PABLO J. CASAL


Un relato de Carlos Fidalgo
Ilustrado por Pablo J. Casal

Capítulo tercero

Ni el sastre ni sus hijos podían caminar por las cubiertas de primera clase, ni entrar en las estancias de primera clase, ni coger los ascensores, de primera clase, ni usar el baño turco, ni la piscina interior, tampoco la cancha de squash, ni el gimnasio, no podían leer en la biblioteca del barco, ni pisar el salón adornado con ornamentos inspirados en el Palacio de Versalles.

Tampoco pasaban al comedor de primera clase, decorado con muebles de caoba y paneles blancos, ni entraban en la sala de fumadores de primera clase, panelada con madera tallada al estilo georgiano y decorada con vidrieras que reproducían las imágenes de los puertos más famosos del mundo y la flota de barcos de la White Star Line, ni usaban la gran escalera principal, de roble pulido y remates de acero, coronada con una cúpula de cristal que tamizaba la luz natural, ni se detenían en el café de estribor, convertido en lugar de juegos de los niños de primera clase, ni en el de babor, que se parecían a las casas de campo inglesas, con paredes cubiertas de hiedra y espejos y cuatro grandes ventanales de hierro que servían para que los clientes de primera clase observaran el océano.

Los hijos del sastre si podían, sin embargo, pasear por la cubierta de los botes, reservada para los pasajeros de segunda clase, cenar en el comedor de segunda clase, decorado con paneles de madera natural y donde servían la comida de las mismas cocinas que atendían el comedor de primera clase, o correr por la galería, donde acabada la cena se reunían los pasajeros no tan adinerados, que no podían costearse todos los lujos del Titanic, pero que tenían suficientes recursos como para evitar la tercera clase, donde las estancias eran más austeras.

 
Así salió el tercer capítulo en Diario de León.


***


El Titanic hizo su primera escala en Cherburgo, donde recogió a pasajeros importantes como el magnate americano Benjamín Guggenheim y a su amante, la cantante francesa Ninnette Aubert, que embarcaron con todo un séquito de criados; o el empresario John Jacob Astor IV y su segunda mujer, Madeleine, que sólo tenía 18 años y con la que se había casado después de abandonar a su primera esposa y a sus hijos en medio de un escándalo mayúsculo.
Michel se fijó en la calidad de sus ropas, en la riqueza de sus maletas y en la confianza que transmitían en cada uno de sus gestos. Se imaginó cómo serían las suites de primera clase. Y deseó vivir en América para convertirse en uno de ellos.

***
En Queenstown, Irlanda, subieron el correo y embarcaron algunos pasajeros de tercera clase. Inmigrantes que habían reunido con muchos esfuerzos las tres libras que costaba su billete y que se alojarían en camarotes con literas, en los niveles más bajos del barco.
Michel los miró, vestidos con ropas más sobrias, con miradas más turbias, y gestos más bruscos, y maletas de cartón; y por primera vez se preguntó si aquella huida que había emprendido con sus hijos no le acercaría más a la miseria.


Continuará...




miércoles, 23 de julio de 2014

El sastre del Titanic (2)

A Lolo y Momon los han subido al Carpathia después del naufragio del Titanic. La lista de embarque dice que son hijos de un judío que buscaba una vida mejor. Pero los malos presagios también navegan... 
 
"Pero los malos presagios también navegan...". ILUSTRACIÓN DE PABLO J. CASAL


Un relato de Carlos Fidalgo
Ilustrado por Pablo J. Casal

 
Capítulo Segundo
 
 
Michel Nvratil se había embarcado con sus hijos en el Titanic usando un nombre falso. Había reservado una cabina de segunda clase, dispuesto a empezar una nueva vida en América, y les había hecho creer a los empleados de la White Star Line que era viudo.
Y no lo era. En realidad, sólo se había separado de su mujer. Y había escapado con los niños durante el fin de semana de Pascua. Desde Niza, donde se ganaba la vida en una sastrería, Nvratil había atravesado toda Francia gracias a la ayuda de un amigo judío. Después se había alojado con los pequeños en un hotel de Londres y había pasado toda la noche pensativo.
Miraba obsesivamente al bolsillo de su abrigo. Observaba a los niños. Y dudaba.
Por la mañana, y mientras sus hijos jugaban con las cortinas del cuarto y la luz de la calle lo iluminaba todo, llegó a la conclusión de que no podrían huir eternamente. Se levantó de la cama, y atormentado por los recuerdos, decidió que pondría un océano entre él y su esposa.
 
***
Michel Nvratil era un hombre elegante. Vestía siempre de una forma impecable y lucía un enorme y cuidado bigote engominado, un tanto pasado de moda.
En Niza había conocido a su esposa, una joven italiana de mirada soñadora y cabellos oscuros que siempre le besaba con la boca cerrada, como si le diera vergüenza.
¿Cuándo me besarás de verdad, Marcelle?”, le preguntaba Michel, durante sus paseos de novios por la ciudad.
Cuando seas mi marido”, le respondía ella. Y sus mejillas enrojecían de rubor mientras Michel se moría de impaciencia.
 
***
Michel no dejó que Lolo y Momom se mezclaran más de lo imprescindible con el pasaje cuando subieron al Titanic en el puerto de Southampton. Y siempre se mostraba distante si alguna mujer más curiosa de lo normal los veía paseando a los tres por la cubierta de los botes y le preguntaba por la madre de aquellos niños tan guapos.
Cuando eso ocurría, hacía un esfuerzo para no recordar los labios finos de Marcelle. Y maldecía.
 
Continuará...
 
 


viernes, 18 de julio de 2014

El sastre del Titanic (1)

Dos niños en un bote. Cadáveres en el mar. El barco más lujoso del mundo, que se ha ido a pique. Y gritos de náufragos que se ahogan o mueren de frío en el agua. Así comienza esta historia real...


"...los subieron al Carpathia en una bolsa de lona."
ILUSTRACIÓN DE PABLO J. CASAL

Un relato de Carlos Fidalgo
Ilustrado por Pablo J. Casal

Capítulo Primero
 
A Lolo y a Momom los subieron al Carpathia en una bolsa de lona. Un enjambre de cuerpos flotaba sobre el mar, a nueve millas de la costa de Terranova. Y las lanchas salvavidas delTitanic parecían espigas rotas, desperdigadas en la zona del naufragio.
 
Amanecía.
 
Los dos niños no eran conscientes de lo que había sucedido. A su alrededor, botes a medio ocupar o con cadáveres de pasajeros fallecidos de hipotermia se acercaban lentamente al Carpathia. Grandes bloques de hielo velaban a los muertos en la lejanía. Y la corriente arrastraba algunos cuerpos congelados de tripulantes y viajeros que no habían encontrado un hueco en las lanchas y se habían arrojado al agua.

Ajenos a todo, los dos hermanos comían bizcochos envueltos en mantas de lana y se reían a carcajadas cada vez que el perrito blanco que la hija de un banquero norteamericano había colado a bordo les lamía la cara.

Luego jugaréis con él”, les dijo la pasajera de primera clase Margaret Hays, acomodándoles en la lona. Y los pequeños disfrutaron tanto mientras los marineros del Carpathia izaban la bolsa con una polea y unos cabos que no echaron de menos al perro.

***

En la cubierta, y cogidos de la mano, a Lolo y a Momom les preguntaron por sus nombres, qué había sido de sus padres, y si les esperaba alguien en Nueva York. Pero los niños, que apenas tenían dos y cuatro años de edad y sólo hablaban malamente el francés, no entendieron lo que les decían aquellos hombres y se quedaron callados, abrigados en sus mantas de lana, mientras echaban en falta a su padre.

***

Yo me haré cargo de ellos”, se ofreció Margaret Hays, que había subido al Carpathia por una escala junto al resto de pasajeros del bote y todavía estaba conmocionada por los gritos que se habían escuchado en el mar durante los minutos posteriores al hundimiento. “Se lo prometí a su padre”, añadió. Y el oficial que había hecho un último esfuerzo por entenderse con los niños asintió con la cabeza.

Son suyos, señora”.

Al día siguiente, Hays y los dos pequeños desembarcaban en Nueva York y los empleados de la White Star Line, la naviera delTitanic, rastreaban en el listado de pasajeros, descubrían que los niños eran hijos de Michel Hoffman, y comenzaban a buscar a su familia entre la comunidad judía de Francia.

Continúa...



viernes, 11 de julio de 2014

El sastre del Titanic en Diario de León


El Titanic, iniciando su primera y última travesía en abril de 1912


Esta es una antihistoria de amor. O lo que es lo mismo, es una historia de celos. Y sucedió de verdad. El protagonista es Michel Nvratil, un sastre de Niza enamorado de Marcelle, la mujer que le ha dado dos hijos. Todo empieza con una nube y todo termina con el fantasma que algunos hombres llevan dentro...
 
El decorado es un barco famoso, un prodigio de la ingeniería y del buen gusto, el sueño de la Belle Epoque, que naufraga en su viaje inaugural. Y el desenlace, no cuento nada más, está en los bolsillos húmedos del Michel.
 
En formato digital en la editorial Leer-e.
Dentro de la colección Libr-e que dirigen
Marta Rivera de la Cruz y Martín Casariego
 
 
El sastre del Titanic es el relato que abre el libro Tierra adentro y otros cuentos de naufragios. A partir del domingo 13 de julio y hasta el domingo 31 de agosto, aparecerá dividido en ocho capítulos en el suplemento de verano de Diario de León, León al Sol, igual que hace ahora un año publicaba en forma de micronovela -o microfolletín, que suena más humilde- el relato El diablo del mar, sobre otro gran buque, el Great Eastern, de historia trágica eclipsada por el naufragio de todos los naufragios.
 
En esta travesía de ocho domingos cuento con las ilustraciones de un amigo, PABLO J. CASAL.  Son dibujos inquietantes. Echadles un vistazo. Y cuando creáis que ya los habéis contemplado lo suficiente, miradlos por favor una vez más...  El trazo de Pablo esconde algunos enigmas...
 
Que lo disfrutéis...

lunes, 23 de junio de 2014

Otro hijo de Mary Shelley


Portada de 'Piedad y deseo. Otros hijos de la misma noche', de Santiago Sequeiros


Solarium
Un relato para Piedad y deseo.
Otros hijos de la misma noche

Morgan Robertson, escritor y marino mercante, llegó al Hotel Alamac de Atlantic City el 24 de marzo de 1915. La ciudad todavía era uno de los balnearios de la burguesía norteamericana, vivía los años anteriores al charleston y a  las orquestas de jazz, a la Ley Seca que llenaría la orilla del mar de bares clandestinos y  traficantes de alcohol, y faltaban muchas décadas para que se construyera el primer casino y la delincuencia organizada vinculada con el juego se convirtiera en un problema.

Morgan Robertson, autor de novelas de anticipación en la estela de Julio Verne y H.G. Wells, pero con menos talento y menos lectores, llegó al Hotel Alamac fuera de temporada. Se bajó del tren con una maleta y no dejó que nadie le ayudara.

Robertson era un escritor inquietante, autor de Futilidad o el naufragio del Titan (1898) donde narra,  el hundimiento de un transtántico idéntico al Titanic 14 años antes de la tragedia y con una serie de coincidencias sobrecogedoras; el peso, la eslora, la capacidad del barco, cargado de millonarios, decorado con un lujo excesivo, que navegaba a Nueva York sin suficientes botes salvavidas, hasta que chocó con un témpano de hielo en Terranova.

Y eso no es todo. En su novela posterior Más allá del espectro (1914), anticipaba una guerra entre Japón y los Estados Unidos después un ataque a traición de los nipones a Hawaii con aparatos voladores. Faltaban 27 años para la masacre de Pearl Harbour.

Robertson, y eso cuento en el relato Solarium, viajó a Atlantic City para escribir junto al mar una novela todavía más inquietante, pero no pasó de la primera frase después de quedarse dormido bajo el lucernario del Hotel Alamac...


Morgan Robertson, autor de 'El naufragio del Titán' (1898)

Solarium forma parte del volumen Piedad y Deseo. Otros hijos de la misma noche (Imagine Ediciones) que reúne a una selección de narradores, poetas y músicos vinculados al género fantástico, dentro del club literario Hijos de Mary Shelley, que coordina el escritor Fernando Marías. El libro, la cuarta antología que se publica, ya se encuentra en librerías (en Ponferrada lo podéis encontrar en Quiñones, Simón, Ave María y la Casa del Libro de El Rosal) después de presentarse en Madrid y Zaragoza, y formará parte del programa del Festival Internacional Celsius 212 que a finales de julio se celebra en Avilés, donde hace tres años presenté El agujero de Helmand.

Hijos de Mary Shelley. La puerta en Internet

La idea de Hijos de Mary Shelley es continuar el camino que abrieron en 1816 los escritores Mary Shelley, Lord Byron o Polidori, reunidos en Villa Diodati, junto al Lago de Ginebra. Aquel fue el 'año sin verano' porque  la erupción del volcán Tambora en Indonesia alteró el clima de todo el planeta y propició una temporada húmeda, fría y lluviosa  Como apenas podían salir al exterior por el clima desapacible, los escritores reunidos en la masión de los Shelley se dedicaron a escribir historias de terror. Así nació la novela Frankestein, de la propia Mary Shelley, o el primer cuento de vampiros de Polidori.

Morgan Roberston murió cien años después de aquel verano oscuro de 1816. Sin duda es otro hijo de la misma noche. Como yo.

viernes, 28 de junio de 2013

Icebergs

Primera página del New York American del 16 de abril de 1912

CUARTO CRECIENTE
Diario de León. Jueves 27 de junio de 2013

Las cuatro chimeneas del tejado de la antigua central térmica de la MSP en Ponferrada, hoy convertida en la primera parte del Museo Nacional de la Energía, siempre me recordaron a los escapes de un barco.

Antes de la restauración, me lo imaginaba varado junto al río, como un viejo cascarón a la espera del desguace. Con las calderas dormidas y los fogones apagados después de su última travesía. Así que cuando crearon la Fundación Ciudad de la Energía y acometieron la recuperación del edificio sin escatimar en gastos, y anunciaron que investigarían el carbón limpio en una planta de oxicombustión en Cubillos, casi me pareció un milagro. Un guiño de la historia. La compensación por todo el aire contaminado, por todas las escombreras de carbón y por todos los cielos abiertos que durante un siglo han estropeado el medio ambiente del Bierzo.

Ahora nos dicen que la Fundación Ciudad de la Energía va a desaparecer. Y que el único puesto que peligra es el de su director. Que el proyecto de oxicombustión tendrá continuidad. Y que las obras de la segunda parte del Museo, en la otra térmica que funcionó en Ponferrada, la de Compostilla I, unos metros más arriba del río, se acabarán en el tiempo previsto.

Nos lo dice un Gobierno que está cerrando la minería del carbón. Fríamente. Que privatizó la empresa pública Endesa, mascarón de proa de un sector estratégico como el de la energía eléctrica, y ahora no puede hacer nada si los nuevos dueños -la sociedad (pública) italiana Enel- decidieran, como parece, cerrar la central de Compostilla II.

Y nos lo dice después de haber recortado las dimensiones del proyecto. Menos fondos de los previstos inicialmente para investigación. Menos inversión en la segunda fase del Museo. Y un ajuste en la plantilla de personal de la Fundación.

Así que es cuestión de creerles o no. Yo les confieso que estos días, cada vez que paso cerca de las cuatro chimeneas del tejado de la antigua central térmica de la MSP en Ponferrada, sigo pensando en un barco. También tenía cuatro chimeneas. Y era un invento soberbio. Se hundió un día de abril de 1912, después de chocar contra un témpano de hielo.

Imagen promocional de Ene.Térmica. Museo Nacional de la Energía