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miércoles, 18 de diciembre de 2013

La pena de Morayma


Árabes caminando bajo la tempestad, de MARIANO FORTUNY


UNA TUMBA EN LAS ALPUJARRAS Y UNA CÁRCEL DE ARENA


Una laja en Las Alpujarras. Y un puñado de arena en una playa de Salobreña. El cuarto y el quinto relato de Tierra adentro y otros cuentos de naufragios están ambientados en el antiguo reino nazarí de Granada.

La pena de Morayma cuenta el exilio del sultán Boabdil y su esposa a Las Alpujarras tras la derrota con los Reyes Católicos. El cuento habla de las barreras entre hijos y padres y de cómo algunos reencuentros llegan de la forma más inesperada.

El rey de arena relata la historia de un sultán encerrado en una playa y supongo que es una metáfora de las ataduras que sufrimos todos. Por lo demás, Muhammed VIII fue un sultán de veinte años que sufrió las conspiraciones de los abencerrajes y que vivió unas décadas antes de Boabdil.

He reescrito La pena de Morayma para la edición de Tierra adentro. Una primera versión apareció publicada en el verano de 2011 en el suplemento literario El Filandón de Diario de León. Le he quitado más de una viruta, especialmente al comienzo del relato. El rey de arena es una narración inédita.

Ambos relatos son mis dos Cuentos de la La Alhambra particulares. Sin duda, están influenciados por la obra de Washington Irving, y también por las leyendas de Bécquer. Los dos, especialmente el segundo, fueron libros que me acompañaron cuando me tomé en serio la escritura. Y han dejado poso.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Zapatos negros

Los zapatos colgados de un cable, el 27 de diciembre de 2010
(Foto del autor del blog. Podéis usarla con libertad.
Y si citáis su procedencia hacéis un amigo)
 
CUARTO CRECIENTE
Diario de León. Martes 28 de diciembre de 2010

Dos zapatos negros cuelgan de un cable sobre la antigua carretera Nacional VI, muy cerca del cruce del acceso a Villaverde de los Cestos. Están a la intemperie, permanentemente expuestos a la lluvia y a la helada, y cuando sopla el viento con fuerza o circula un camión muy voluminoso por la carretera, se mueven y parece que caminen en el aire.

He pasado alguna vez bajo su suela, conduciendo mi coche, y siempre me he preguntado qué significado tienen. Hoy he sabido que dos zapatos colgados son un ejemplo de shoefiti -del inglés shoe (zapato) y grafiti-; una muestra de arte callejero que se ha hecho muy popular en los suburbios más conflictivos de las ciudades norteamericanas. El shoefiti puede tener múltiples significados. Buenos y malos. Dos zapatos con los cordones atados a un alambre pueden anunciar una boda inminente en el barrio o comunicar que alguien ha perdido la virginidad. Pero también pueden interpretarse como la marca de alguna banda callejera, que defiende su territorio, o incluso formar parte de un código secreto que señala un lugar donde se vende droga o donde la mafia ha cometido un asesinato. Los dos zapatos serían entonces un trofeo. Un aviso. Una forma de extender el miedo.
 
Estoy seguro de que ninguno de estos significados tan siniestros pueden explicar la presencia de los dos zapatos negros sobre la antigua Nacional VI, muy cerca del cruce con Villaverde de los Cestos. Quizá todo sea una broma. Un guiño que desconozco. Pero cada vez que pienso en ese calzado balanceándose en el cable, me viene a la cabeza una vieja leyenda de Granada. Cuenta la historia de un veleta de hierro colocada por algún potentado sobre el tejado del Palacio del Gallo de Viento. Cada vez que la veleta se movía, sacudida por las corrientes de aire, los habitantes de Granada sabían que se acercaba una desgracia. Y se escondían en sus casas.


La Alhambra de Granada. Sus paredes son un libro

Así que no dejo de pensar que los dos zapatos deben ser una metáfora. Las botas de algún minero de la última Marcha Negra, que pasó muy cerca. La marca de la minería que se muere, atada a una fecha de cierre. Y como estoy seguro de que nadie va a mover un dedo para salvarnos, si queremos llegar a alguna parte, va siendo hora de que usemos las manos para desatarnos los cordones del alambre y calzarnos los zapatos, que el camino que nos queda por delante está lleno de piedras.


Los mismos zapatos negros, sobre el cruce
de Villaverde de los Cestos