Yo también le tuve miedo a las agujas.
Le veía los dientes al verano
en la casa de mis padres.
Las camas era mutaciones
de edredones azulados.
Las habitaciones, el murmullo
de una voz antigua.
Y el pasillo, una penumbra
de pasos amarillos
que no encontraban donde reposar.
Las camas era mutaciones
de edredones azulados.
Las habitaciones, el murmullo
de una voz antigua.
Y el pasillo, una penumbra
de pasos amarillos
que no encontraban donde reposar.
Me escondía en cualquier dormitorio
de las manos de mi abuelo
de las manos de mi abuelo
cada vez que estaba por venir
del pueblo para pincharme.
del pueblo para pincharme.
Y tenían que arrastrame de los pies
como un carnero que chilla
porque le llevan al degolladero.
Y pataleaba.
Y me descostraba las rodillas.
Y nunca lograban engañarme del todo.
Creo que de niño me inyectaron tanto ardor
que mi carne de carnero revoltoso
todavía tiene que tener un sabor amargo.
Y si me levantan la piel.
Y si me despellejan la infancia,
muerdo veneno.
Y ahora no te extrañe
si me salen alfileres blancos de la boca
cuando te bese.