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viernes, 13 de junio de 2014

Crímenes



Exhumación de una fosa en Tejedo del Sil.
Fotografía del FCPB, en la wikipedia

CUARTO CRECIENTE
Diario de León. Jueves 12 de junio de 2014
  

Una manta, dos maletas y un alambre. Un zapato de ante y un cepillo de dientes bien conservado. Un cuchillo. Un hacha. Ropa quemada. Un casquillo de bala. La fotografía de una autopsia.

Los objetos hablan, está claro. Cuentan una historia. En este caso dos; la de Rosa del Mar Jiménez, que vivía en una nave abandonada de Bembibre, en el patio trasero del mundo, y hace un año y medio que murió acuchillada por su pareja, otro indigente que después de matarla, la descuartizó y escondió su cuerpo en dos maletas rodeadas con una manta y un alambre; y la de Bernardo Álvarez Trabajo, guerrillero antifranquista, panadero, ex combatiente republicano, que murió tiroteado en un monte de Lugo por un infiltrado y fue enterrado en una fosa sin nombre, donde permaneció durante sesenta y tres años hasta que la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica exhumó sus restos en septiembre de 2012. Apodado El Gasta, la familia de Bernardo Álvarez está a la espera de que concluyan las pruebas de ADN para recibir sus restos. Mientras tanto, sus huesos reposan en la mesa de un laboratorio de Ponferrada, donde han ofrecido una lección de historia a un grupo de universitarios de Nueva York.

Al asesino de Rosa del Mar Jiménez lo han juzgado estos días en la Audiencia Provincial de León y un jurado acaba de declararle culpable. Al hombre que mató a Bernardo Álvarez Trabajo en 1949, Francisco Cano Román, no sólo no lo juzgaron nunca, sino que recibió el trato de héroe. Lances de la guerra y de la posguerra, dirá más de uno, porque al fin y al cabo, unos y otros andaban por el monte armados y emboscándose para hacerse daño. La impunidad que concedió la Transición, opino yo. El pacto de silencio que prolongó el miedo.

Y ni siquiera se trata de sentar en el banquillo a los responsables de aquellos sucesos. Están todos muertos. Se trata de contar lo que pasó. Y de que los jueces y los forenses que hoy que se encargan de crímenes recientes como el de Rosa del Mar Jiménez, no desaparezcan cuando llega la hora de exhumar los cuerpos de hombres y mujeres que, combatientes o paseados, murieron asesinados en los años negros de la represión.

sábado, 7 de junio de 2014

La última lección del Gasta


Los restos del Gasta en el laboratorio de la ARMH en Ponferrada,
 con el zapato de ante marrón en primer término.
Fotografía (a contraluz) del autor de este blog.

Diario de León. Sábado 7 de junio de 2014

Los restos del guerrillero Bernardo Álvarez, exhumado en 2012, ayudan a la ARMH a explicar el problema de las fosas a los alumnos de la Universidad de Nueva York.

El Gasta calzaba zapatos de ante marrón, vestía chaqueta de paño a cuadros, camisa ‘kaki’ y pantalones azules de mahón el día en que un infiltrado de la Guardia Civil lo abatió junto a otro compañero en los montes de Lugo. El Gasta era guerrillero. Luchaba contra Franco. Y antes de echarse al monte y perder la vida y la memoria, enterrado durante 63 años en una fosa anónima del cementerio de Teilán, había sido panadero en Bembibre, soldado republicano y enlace clandestino con la guerrilla.
 
Su verdadero nombre era Bernardo Álvarez Trabajo y de toda la ropa que vestía el día en que lo mataron, ayer sólo quedaba uno de sus zapatos de ante acartonados. A los dos años de su exhumación y mientras concluyen las pruebas de ADN, sus restos cuidadosamente colocados en una mesa del laboratorio de la Asociación para la Recuperación de la Memoria en Ponferrada (ARMH) sirvieron para que un grupo de medio centenar de alumnos de la Universidad de Nueva York se sumergiera en el capítulo más oscuro, y todavía sin resolver, de la reciente historia de España.
 
Acompañados por el presidente de la ARMH, Emilio Silva, y junto a su profesor James Fernández, descendiente de españoles, los jóvenes neoyorkinos conocieron la historia del Gasta, abatido a traición por el infiltrado Francisco Cano Román junto a otro guerrillero, Manuel Fernández Soto, alias coronel Benito, el 22 de junio de 1949. Un tercer combatiente, Elías López Armesto, alias Pájaro, resultó malherido aquel día pero logró huir sólo para que un pastor encontrara su cuerpo devorado por las alimañas un mes después del tiroteo.
 
 
Fotografías de los cuerpos de Manuel Fernández Soto y Bernardo Álvarez,
tomadas para la autopsia. Cedidas por la ARMH. Se reproducen aquí por su valor histórico.
 
 
Los huesos del Gasta, su cráneo fracturado, el zapato de ante marrón, y el cepillo de dientes que todavía guardaba en uno de sus bolsillos, dieron ayer toda una lección de historia a los universitarios de Nueva York, a los que la Guerra Civil española no les es del todo ajena. No en vano, la Universidad en la que estudian guarda los archivos de la Brigada Lincoln, los voluntarios norteamericanos que combatieron en el bando republicano.
 
A algunos de los estudiantes les llamaba la atención ayer que el Gobierno español se haya desentendido de la exhumación de las fosas de la represión franquista y que sean asociaciones particulares como la ARMH las que se preocupen por los desaparecidos. «Faltan muchas familias. De 113.000 desaparecidos sólo han sacado a cuatro mil», decía al término de la visita Jorge Esteban Soto, cuyos abuelos huyeron de Granada a Costa Rica durante la guerra para acabar en Nueva York. A otros, como al italo americano Michael Domanico, no le sorprendía. «Yo he estado en Argentina y la situación es similar», decía.
 
La del Gasta es una historia similar, en cualquier caso, a la de otros luchadores antifranquistas. Ligado al Partido Comunista y detenido por primera vez durante la revolución de 1934, fue condenado a muerte por combatir por la República. Indultado, regresó a Bembibre para retomar el oficio familiar, pero sin dejar de servir de enlace con la guerrilla del Bierzo. En 1948, sin embargo, tuvo que echarse al monte cuando le fueron a buscar a la panadería para detenerle otra vez.
 
La ARMH, que espera entregar los restos de Bernardo Álvarez a sus familiares en septiembre, no sólo echa en falta más apoyo del Estado. También que el interés por conocer nuestro pasado no venga sólo de Nueva York. «Ya nos gustaría que se pasaran por aquí más alumnos de universidades españolas», decía ayer Emilio Silva.