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miércoles, 19 de octubre de 2011

Gringo viejo

Mural sobre la revolución. México DF

CUARTO MENGUANTE
La columna que no aparece en el Diario de León

Le llamaban El amargo Bierce (Bitter Bierce, en inglés) y desapareció en México durante la revolución.

Bitter Bierce, que tenía cumplidos los 71 años, dejó escrito esto en una carta: "Si oyes que fui llevado ante un muro mexicano y fusilado hasta convertirme en harapos, comprende que para mí, esa sería una excelente manera de dejar esta vida. Es superior a la vejez, a la enfermedad, o a caerse por las escaleras de la bodega. Ser gringo en México... eso sí es eutanasia".

Autor de El Diccionario del Diablo, una colección de definiciones sarcásticas de la que ya he hablado en otra entrada de este blog, Ambrose Bierce fue uno de los periodistas más cínicos que ha habido en los Estados Unidos. También fue escritor de relatos de terror, muchos de ellos ambientados en la Guerra de Secesión. Por algo Bierce había combatido en las filas de la Unión durante la contienda, participando en batallas tan sangrientas como las de Shilo, Chikamagua y Chatanooga, donde debió descubrir la parte más amarga de la realidad.

En octubre de 1913 dejó la comodidad de su domicilio en Washington DC para visitar por última vez los campos de batalla donde había combatido cincuenta años antes. Dos meses después, sin embargo estaba en El Paso y cruzaba la frontera con México, donde acababa de estallar una revolución. En Ciudad Juárez, se unió al ejército de Pancho Villa como observador y su rastro se pierde en Chihuahua. A partir de aquí todo es leyenda, aunque está documentado en la Enciclopedia Británica que un gringo viejo murió en la batalla de Ojinaga, el 11 de enero de 1914. Y en la villa de Sierra Mojada, circuló durante años la historia de que a un escritor yanqui lo habían fusilado en el cementerio del pueblo.

En cualquier caso, Bitter Bierce debió conseguir lo que buscaba. Desaparecer sin caerse por las escaleras de la bodega. Y de paso, ser el protagonista de la novela de su vida. En 1985, el escritor mexicano Carlos Fuentes publicaba Gringo Viejo y convertía su desaparición en un best-seller. Fuentes transformaba por fin a Bierce en un personaje de ficción y ponía en su boca una frase amarga: "Hay una frontera que sólo nos atrevemos a cruzar de noche: la frontera de nuestras diferencias con los demás, de nuestros combates con nosotros mismos".

Y me lo imagino cruzando la frontera con México. Buscando que alguien le mate para no morir de viejo.

Una tapia de México, fotografiada por JUAN RULFO


DOS ENTRADAS SOBRE EL AMARGO BIERCE


El Diccionario del Diablo y Gringo Viejo son dos entradas de este blog con el mismo comienzo. Pero el final de la segunda lo escribí después de volver de México. Así que tiene mucho más valor...

martes, 3 de mayo de 2011

Yes, we can


Bin Laden ha sido la ballena blanca que
Estados Unidos ha perseguido durante una década.
Eric González lo ha sabido contar en El País.
CUARTO MENGUANTE
La columna que No aparece
en el Diario de León


Me da miedo que un país como los Estados Unidos se crea con derecho a asesinar a un asesino. Matar a un terrorista no les hace mejores.

Me da miedo que no hayan detenido a Osama Bin Laden para juzgarlo.

Me da miedo que lo hayan matado cuando se resistía a la detención, pero iba desarmado.

Me da miedo porque aquí tuvimos a los GAL y aquel terrorismo nacido a la sombra de un Estado de Derecho alimentó durante unos años más a la bestia negra de ETA. ¿Deberíamos matar a Troitiño si lo localizamos en Francia?...

Me da miedo que Obama, el primer presidente negro de los Estados Unidos, Premio Nobel de la Paz, haya pasado de intentar cerrar el penal de Guantánamo porque no se respetaban los derechos de los presos a autorizar un asalto con tropas especiales en un país extranjero y dando licencia para matar a sus comandos. "No hay nada que no podamos hacer", ha dicho Barack Hussein para informar de la muerte de Osama. Y la frase me recuerda peligrosamente a su lema de campaña, que tantas cosas significaba; "Yes, we can" ("Sí, podemos"). ¿Era esto lo que podían hacer?

No me he olvidado de los muertos en las Torres Gemelas. Todavía recuerdo la figura de un hombre arrojándose al vacío desde las alturas. Tenía las manos a la espalda. Volaba para morir, con una pierna extendida y una rodilla flexionada. Matar al hombre que preparó aquel horror, no nos libera de la muerte.


Otro cuerpo que se hunde. Nueva York.
Torres Gemelas. 11 de septiembre de 2010,
(Desconozco el nombre del autor de la foto)
No dejo de pensar que Obama, un presidente para la esperanza,  ha perdido una gran ocasión de impulsar la democracia en el norte de África y en Oriente Medio. Matar a un asesino sin llevarlo ante un juez, por complicado que fuera sacarlo de Pakistán, donde ha vivido gracias a una red de complicidades, no ha sido el mejor ejemplo. Le da argumentos a los fanáticos. Le quita aire a las revoluciones. Y está muy lejos del espíritu de aquella vieja revuelta de 1776, que convirtió la declaración de independencia de un rey en el primer gran alegato histórico en favor de las libertades fundamentales.

Osama Bin Landen, la ballena blanca, ha muerto. Nos han dicho que su cuerpo se pudre en el mar. Y de nada le ha servido a Obama ser el primer presidente negro de los Estados Unidos. El trauma del 11-S también ha podido con él. Le ha transformado en un cazador. Y aquel horror, el horror, tampoco ha dejado a nadie a su lado  que le dijera que no podía hacerlo. Que no debía hacerlo. Que no conduce a nada. Nos ha envuelto otra vez en la misma espiral de venganza.