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miércoles, 16 de febrero de 2011

Zapatos arriba

 
Zapatos colgados cerca de Villaverde de los Cestos
(27 de diciembre de 2010). Alguien se los ha calzado.
(Foto del autor del que escribe.
Uso libre para caminar por la blogosfera)

CUARTO CRECIENTE
Diario de León. Martes 15 de febrero de 2011

Escribo estas líneas el domingo por la tarde. Cuando ustedes las lean será martes. Ha llovido y he puesto en twitter que el agua sucia enloquece los desagües. Si no les dan miedo las redes sociales, que ya han tumbado a dos dictadores, pueden buscarme en Internet y comprobarlo. Ciento cuarenta caracteres bastan para contarles que hay alcantarillas que nunca estarán preparadas para tragar toda la mierda que nos rodea.

Vuelvo a utilizar esa palabra. Mierda. Es la única que me viene a la cabeza cuando pienso que después de quince años de investigación policial, nuestro sistema, nuestro Estado de Derecho, no ha servido para resolver la cadena de sabotajes y atentados que sufrió el empresario Sindo Castro cuando decidió instalarse en el Bierzo. ¿Hasta cuándo tanta mierda?, me pregunto. ¿Hasta cuándo tanta impunidad? A veces, leer el periódico deja un sabor amargo.
  
Escribo estas líneas en una libreta, dentro de un coche aparcado en una cuneta de la antigua carretera Nacional Sexta. Escribo a mano, muy cerca del lugar donde hace unas semanas, descubrí dos zapatos negros colgados de un cable, expuestos a la lluvia, y me imaginé que era las botas de algún caminante de la Marcha Negra, que protestaba porque a la minería le han puesto fecha de cierre. Los zapatos ya no están. Alguien se los ha calzado. Y quizá sea verdad que eran de un minero que ha vuelto al trabajo, ahora que las centrales térmicas queman otra vez nuestro carbón.

Manifestantes egipcios en la Plaza de la Libertad.
 (Foto tomada de cdn animalpolitico. com)

O quizá se encuentren más lejos. Quién sabe. Podría ser que alguien haya caminado con ellos hasta una ciudad donde acaban de terminar con treinta años de impunidad. El viernes -mientras los mineros volvían al tajo y un juez comunicaba a las partes que no había encontrado pruebas para condenar a nadie por la guerra del hormigón- me pareció reconocer en una fotografía publicada por un periódico de tirada nacional los dos zapatos descolgados en las manos de un hombre. Protestaba porque un viejo tirano de ochenta y dos años se aferraba al poder, incapaz de asimilar que se lo estaba tragando el desagüe de la Historia, y levantar los zapatos era su forma de expresar desprecio.

Lástima que en otros lugares donde llueve, nos cueste tanto indignarnos. Este es un pueblo pequeño. Todos nos conocemos. Y todos tenemos demasiado miedo a mojarnos.  
Zapatos colgados en la Nacional Sexta.
Acceso a Villaverde de los Cestos.
27 de diciembre de 2010.



Los zapatos han volado del cable.
12 de febrero de 2011.
(Fotos del autor del blog. Lo dicho)

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Tarta de mierda

CUARTO CRECIENTE

Diario de León. Martes 16 de noviembre de 2010


Vengo del juzgado. Tengo las manos manchadas de bolígrafo. Y he escuchado mucha mierda, con perdón de la palabra.

Estoy sentado delante del ordenador. He acabado de escribir una crónica de dos páginas sobre el penúltimo capítulo de la guerra del hormigón. Tengo un cuaderno lleno de notas. Ocho horas de juicio en la cabeza. Y estoy cansado. Muy cansado. Cansado de escuchar mierda, con perdón otra vez, no de hacer mi trabajo. Cansado, muy cansado, de haber vivido durante 14 años en un clima de impunidad.

Recuerdo muy bien el primer sabotaje que sufrió Sindo Castro en su planta de Las Ventas de Albares, allá por el mes de abril de 1996. Yo llevaba un mes trabajando en este periódico, tenía 22 años y todavía no había terminado la carrera. Recuerdo la incredulidad que me produjo que después de aquello hubiera otro ataque. Y otro. Y otro más. Otro camión que arde. Otra explosión en una tolva. Neumáticos rajados. Y como colofón, un cóctel molotov arrojado a la vivienda del empresario maragato en Astorga, que tenía una carpintería con garrafas de disolvente almacenadas en la planta baja.

Han pasado 14 años y vuelvo a escribir de lo mismo, pero con más profundidad. Escucho a un testigo protegido declarar tras un biombo. Lo que dice abre la puerta de un submundo donde se come mucha mierda, y perdónenme otra vez. No sé lo que me pasa hoy con esa palabra, que me viene constantemente a la cabeza. Mierda.

Han pasado 14 años. No creo que a Sindo Castro se le haya pasado muy rápido todo este tiempo. Los acusados han sufrido un proceso que se ha dilatado, claro. Pero no nos olvidemos de quien es la víctima.

Catorce años. El principal acusado, no diré su nombre, -para qué si pueden leerlo en la página 16- ya tiene 81 años, un marcapasos en el pecho, y una serie de dolencias crónicas que le mantienen ingresado en un centro médico de Tenerife. El juez cree que difícilmente saldrá de allí recuperado.

Oigo a Sindo Castro decir que le querían matar como a un perro. Afirma que de no ser por la intervención de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil, que se hizo cargo de la investigación después del episodio del cóctel molotov, podría estar muerto. Y todo por el negocio del hormigón. Por la tarta de la autovía, dice, tan golosa.

Y se me revuelve el estómago.