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jueves, 8 de mayo de 2014

Hambrientos


Portada del poemario de Fermín López Costero


CUARTO CRECIENTE
Diario de León. Jueves 1 de mayo de 2014

La fatalidad es un libro grande, publicado por una editorial pequeña y escrito por un autor desconocido. Desconocido fuera del Bierzo, porque aquí sabemos muy bien quién es Fermín López Costero.
 
Fermín López Costero es un poeta con los bolsillos llenos de piedras. Y le pesan. Vaya si le pesan. A Fermín López Costero, supongo, le gustaría ser un buscador de perlas en los ojos de una mujer hermosa o un cisne de nieve, habitar en el paraíso de los adjetivos, donde mueren las frases que no llegan al papel o a la pantalla cuando se nos escapan, o morir él mismo en el lomo de una nube blanca, donde las cosas se ven siempre desde otra perspectiva. Pero a Fermín se le nota el hambre. La poesía le tiene cercado.
 
Miguel Ángel Varela también es un libro grande. Aunque él todavía no lo sabe. Varela, que dirige el Teatro Bergidum desde hace dos décadas, es una recopilación de todas las novelas que no ha escrito y de todos los poemarios que guarda en un cajón de su casa, porque no quiere que lo sepamos, o no se atreve a contarlo, que viene a ser lo mismo. Si uno le mira a los ojos, descubre que todo el teatro que le queda por ver se le agita de vez en cuando bajo los párpados como aquel manojo de llaves que abría todas las puertas de Cavalo Morto, una aldea muy similar a Macondo, pero en la selva mítica de Brasil. A Miguel también se le nota el hambre. El mundo le está rodeando. Y no deja de advertirnos.
 
Tomás Néstor Martínez es un provocador. Lo saben muy en las orillas del Órbigo. A Tomás Néstor lo están investigando y cualquier día lo detienen acusado de flirtear con el lenguaje de la anarquía, que es el único que merece la pena escuchar en la boca de un hombre. Todo lo demás son subrayados, copias falsas de la realidad, que no nos conducen a ningún lugar relevante. Y Tomás, que es profesor de literatura, lo sabe.
 
Tomás Néstor es mi amigo, no lo niego. Y Miguel Ángel Varela. Y Fermín López Costero. Los tres presentaron el pasado martes La fatalidad en el Museo de la Radio de Ponferrada y son de esas personas imprescindibles que despierta el apetito por la lectura. Escúchenles alguna vez, antes de que los libros que todavía no han leído los devoren.

lunes, 3 de febrero de 2014

Inventario de sirenas

Del cómic 'De profundis', de MIGUELANXO PRADO
 

Diario de León. Lunes 3 de febrero de 2014
 
«Hay noches de insomnio en las que abandono la lectura y bajo caminando hasta los muelles para ver arribar los barcos sireneros», confiesa el escritor berciano Fermín López Costero en su relato Barcos que arriban al amanecer. Las sirenas del cacabelense Costero, que nacieron en un libro titulado La soledad del farero y otras historias fulgurantes, conviven ahora con las de Rubén Darío, Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez, David Lagmanovich o Ramón Gómez de la Serna, en un inventario singular que acaba de aparecer en América. Publicada por la Secretaría de Educación del Gobierno del Estado de México y con selección del editor, ensayista e historiador literario Javier Perucho, la antología La música de las sirenas donde ha encontrado acomodo el relato de López Costero recoge los cuentos breves que 143 autores de los dos lados del Atlántico han dedicado a una tradición literaria que se remonta a La Odisea de Homero.
 
La querencia por las sirenas, los unicornios y otros seres mitológicos que de vez en cuando pueblan sus cuentos, le viene a Fermín López Costero del Bestiario del también mexicano Juan José Arreola «No es casualidad», reconocía ayer el autor berciano. «No sé muy bien qué es, pero algo en esas criaturas de la mitología me atrae».
 
La música de las sirenas, edición de Javier Perucho.

No es el único. Rubén Darío escribió, como él, sobre pescadores de sirenas, y así lo refleja la antología. Borges, de una ninfa de mar que vivió en Haarlem hasta el día de su muerte y que sabía hilar. Lagmanovich, a quien Perucho dedica la antología, habla de una mujer, o eso parece al principio de la narración, que se desvanece en la lluvia, entre los silbidos de los hombres que la admiran desde una oficina de Correos. Aldo Flores cuenta la peripecia de una sirena ebria que agita las aguas «con su único remo». García Márquez se detiene en el detalle y se refiere a «una criatura que tenía de mujer lo menos útil y de pez lo menos aprovechable». Y así hasta sumar 143 microficciones de autores argentinos, mexicanos, españoles, colombianos, venezolanos, peruanos.., que se expresan en castellano y que en algún momento de sus vidas se han sentido fascinados por la figura mitológica que enloquecía a los marineros.
 
Como en toda antología, no están todos los que son, pero la selección de Perucho —que se define así mismo como «sirenólogo»— es un buen repaso por la historia de un género cada día más fecundo. Y es que como escribe Antón Rodríguez Castro, «las sirenas son más bellas cuando las imaginas».