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jueves, 18 de octubre de 2012

Sin cabeza

De la web periodistas.org
CUARTO CRECIENTE
Diario de León. Jueves 30 de agosto de 2012


Afganistán, 26 de agosto. Diecisiete aldeanos, quince hombres y dos mujeres, aparecen decapitados en una zona de la provincia de Helmand bajo control de los talibanes. Culpables de haber asistido a una fiesta.
 
No nos movemos de Afganistán, la tierra del polvo rojo y los ríos de meandros semicirculares entre las piedras. Verano del 2012, también. Una familia de pastunes se niega a cumplir la tradición tribal de asesinar a su hija violada por un pariente. La joven había sido secuestrada por un grupo de policías y entregada a su agresor, que la tuvo encadenada a una pared durante cinco días para golpearla y abusar de ella y vengar de esta forma una afrenta al honor —lo que él entiende por honor— cometida por un primo lejano de la víctima. Y me pregunto si este es uno de los casos a los que se refiere el lamentable congresista republicano Todd Akin cuando habla de «violaciones legales» y qué clase de mierda tienen algunos tipos en la cabeza.
 
Seguimos en Oriente. India. El mismo día de agosto en que decapitan a los 17 afganos en Helmand, una banda de jóvenes armados le corta la cabeza a un vendedor de dulces de 37 años delante de los pasajeros de un tren al norte de Calcuta. La policía achaca el suceso a un ajuste de cuentas.
 
Nos acercamos. Córdoba. A la vez que un grupo de talibanes decapita a 17 personas en Helmand y un grupo de jóvenes armados le corta la cabeza a un vendedor de dulces al norte de Calcuta, se conoce un informe forense que resuelve la desaparición de dos niños. El informe deja en evidencia al padre, acusado de secuestrar, matar y quemar a sus dos hijos, y a la policía científica, que hace once meses fue incapaz de confirmar que los huesos calcinados encontrados en la finca de La Quemadilla —hasta el nombre parece una broma cruel— eran humanos. Y no me pregunto lo que tiene ese padre en la cabeza. Está claro.
 
La Victoria de Samotracia de Ponferrada, con el castillo al fondo.
(Foto. lamemoriaviva.files.wordpress.com)
 
Llegamos a la conclusión de todo esto. Ponferrada, el 23 de agosto de 1936. Un grupo de falangistas armados, fanáticos de los ajustes de cuentas, asesina a una mujer embarazada y a su hijo de tres años. Su delito, ser la familia de un huido al que no pueden coger. Pasan 72 años, exhuman los cuerpos. Se conocen los detalles del brutal asesinato. Pero cuatro años después, el Ayuntamiento sigue rechazando la propuesta de recordar sus nombres con una calle. El argumento, que todas las víctimas, de cualquier tipo, del terrorismo y de Franco, ya tienen su homenaje en el mismo monumento. Estamos hablando de la Victoria de Samotracia, una reproducción de una estatua griega, esculpida para conmemorar una batalla, que se conserva sin cabeza. Será para no ver el horror —y no hace falta irse a Afganistán, ni a la India, ni a la finca de La Quemadilla— que tenemos más cerca.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Balas perdidas

Soldados españoles sobrevolando Afganistán. (Foto. MIKEL AYESTARÁN. ABC)

CUARTO CRECIENTE
Diario de León. Martes 8 de noviembre de 2011

El disparo se coló por un hueco del chaleco antibalas y alcanzó en el tórax al sargento Joaquín Moya Espejo, cordobés de 35 años. Joaquín Moya Espejo usaba una protección antifragmentos, con piezas de cerámica, y la fatalidad quiso que una bala perdida, disparada desde mucha distancia, le segara la vida el pasado domingo.

Ya van casi cien muertos españoles en Afganistán. Una misión que, a parte de las vidas, también cuesta un millón de euros cada día.


Así ve Forges en El País la guerra actual de Afganistán

Allí ya no hacemos nada. De verdad. Formamos parte de una fuerza de ocupación extranjera. No de un ejército de liberación. La sombra de los señores de la guerra, tan corruptos y apoyados por Estados Unidos, y la de los contratistas norteamericanos, la del poder y la avaricia, la sombra de tantos oportunistas, de las ganancias en río revuelto y la insolencia del forastero, han acabado por desvirtuar una misión que nació para ser una fuerza de paz y de reconstrucción de un país anclado en la Edad Media y que a un año de su retirada, ha fracasado y vive cada día más acosada por la insurgencia.

Hasta Afganistán también han llegado soldados leoneses. Los últimos que recuerdo son un grupo de 29 militares del cuartel de Santocildes, en Astorga, que volaron en primavera al país del polvo y del viento para adiestrar a las unidades de artillería del nuevo ejército afgano. Afortunadamente para ellos, les ha tocado trabajar en torno a la base de Herat y no se han tenido que meter en el avispero de Helmand, la provincia del Este fronteriza con Pakistán, donde la guerra es más virulenta.


Muyahidines afganos después de derribar un helicóptero soviético.
 Guerra de 1979-1989. (Foto selvas.org)

No sé lo que va a pasar cuando todos ellos regresen, leoneses, madrileños, cordobeses, norteamericanos, y el nuevo ejército afgano de Karzai asuma la responsabilidad de mantener a raya a los talibanes. Lo más probable es que el falso estado democrático que han apuntalado las tropas extranjeras se desmorone, como le sucedió hace veinte años al falso estado comunista sostenido por los soviéticos. Recuerdo que a Najibulá, el hombre de paja de los rusos, lo ajusticiaron en cuanto se quedó solo. Y cada vez veo más paralelismos entre el Afganistán de hoy y el de los años de los muyahidines.

Espero que al menos los nuestros vuelvan sanos a casa. Que esquiven todas las balas perdidas que no se merecen. Y una noche de filandón, a la sombra del Teleno, nos cuenten todo lo que vieron.