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martes, 5 de febrero de 2013

Inmigrantes

Viñeta del dibujante J.R. MORA
 
 
CUARTO CRECIENTE
Diario de León. Jueves 6 de diciembre de 2012

Vinieron en tres botes hinchables. Parecían barcos de juguete. Tenían la piel muy negra, el pelo rizado, y estaban eufóricos después de cruzar el Estrecho sin naufragar.
 
En el primer bote viajaban seis hombres. Salvamento Marítimo los localizó a seis millas al sur de Tarifa y no dudaron en arrojarse al agua para alcanzar los flotadores de la embarcación de rescate. En el segundo, navegaban siete hombres y una mujer. Y en el tercero, otros siete varones más, todos mayores de edad.
 
Algunos levantaron los brazos y los remos en señal de triunfo cuando vieron que iban a sacarles del mar. Otros aprovecharon para llamar por el teléfono móvil a sus familiares y confirmarles que lo habían logrado. Y uno de ellos, el más emocionado, se arrodilló en los muelles del puerto de Tarifa en cuanto lo desembarcaron, besó el suelo y después estiró los brazos, abrió la boca para gritar y pronunció el nombre de la tierra prometida.
 
España.
 
España, el país de los cinco millones de parados, de la sanidad privatizada, o casi, donde ya no se atiende a los inmigrantes, de la educación pública en retroceso. De los desahucios. Y los funcionarios sin paga extra de Navidad.
 
España, el país de los dependientes sin ayudas, de las pensiones recortadas, de la reforma laboral que no crea empleo, de las huelgas generales, de los especuladores del ladrillo, de las grandes fortunas que esconden su dinero.
 
El país de la amnistía fiscal y de la política por los suelos. De la corrupción, del clientelismo, del tres por ciento de comisión. Y sin Ley de Transparencia.
 
Nación de bancos rescatados y mineros abandonados a su suerte. De paradores cerrados. De ganaderos que vierten la leche en el suelo porque pierden dinero si la venden. País de gente que se va.
 
País de peajes. País sometido a los secesionismos y a un modelo de Estado que no se sostiene. País del despilfarro. Y ahora del déficit, que pesa como una losa. Y no hay quien la levante.
 
A este país han llegado veintiún inmigrantes subsaharianos. Y gritan su nombre. Y besan el suelo. Imagínense cómo lo deben estar pasando en el lugar de donde vienen.


Foto de A. CARRASCO RAGEL, Agencia EFE. Tarifa, 3 de diciembre de 2012

VIÑETAS DE J.R.MORA
 
Aprovecho esta entrada para recomendaros que visitéis la página del dibujante J.R.MORA www.jrmora.com.  Sus estupendas viñetas, bajo licencia Creative Commons, aparecen en otros blog sin ánimo de lucro, como éste.  

¡A la carretera!

Sección de autopista en degradado azul. ANDREA CRISANTE
 
CUARTO CRECIENTE
Diario de León. Jueves 29 de noviembre de 2012
 
Minería estrangulada. Precios agroalimentarios por los suelos. Educación para quien pueda pagarla. Justicia para quienes tienen dinero. Cultura desaparecida. Sanidad recortada. Sanidad pública privatizada.
 
Servicios sociales en el alambre. Caridad en lugar de derechos universales. Limosnas para calmar conciencias. «¡Qué se jodan!», se le escapa a una diputada. «Los pobres usan los subsidios para comprar televisores de plasma», acusa otra igual de bocazas.
 
Y entre tanta marejada de tijeretazos, tanto esfuerzo por desmantelar los servicios públicos de forma controlada por una oligarquía que no los considera necesarios. Entre todas las subidas de impuestos y bajadas de sueldos que están minando la estabilidad de la clase media. Entre tanto amago de reducir el derecho a la huelga y de demonizar a los sindicatos. De mantener una reforma laboral que no crea empleo y que convierte a los trabajadores en semiesclavos.
 
Entre tantas ganas como tienen de denunciar a los periodistas que graban las cargas policiales cuando la gente se echa a la calle —y una reportera de la Sexta que cubría una protesta contra los desahucios en Sevilla ya lo ha sufrido en sus propias carnes—.
 
Entre tanto copago y repago y un euro por receta. Y gente triste que protesta o gente que ni siquiera lo intenta porque se queda en casa, desanimada y luego el Gobierno interpreta que están de acuerdo con lo que hace porque no se les ve quejarse.
 
Entre tanta hipocresía y tanta miseria y tanta falta de respeto por los valores sobre los que se asienta esta democracia —nos cambiaron la Constitución sin un referéndum, no dijeron la verdad durante la campaña— resulta que nuestro Gobierno —ese que prefiere subir impuestos y aprobar amnistías fiscales a combatir con más empeño el fraude de las grandes fortunas que esconden su dinero en paraísos contables, o diseñan ingenierías financieras para pagar menos—, nuestro Gobierno, repito, ha decidido aumentar las ayudas para rescatar a las autopistas de peaje. ¡Pero qué gran acierto! ¡Qué gran medida para sacarnos de la crisis y crear empleo! Toooodos a la carretera...
 
 
 
  
CUARTO CRECIENTE,  EN FÓRMULA HIT BIERZO. 107.3 FM
 
Esta fue la primera columna que radiaron los compañeros de Fórmula Hit Bierzo, la emisora municipal de Bembibre, que cada jueves mantiene una sección con mis textos de opinión en Diario de León. "¡A la carretera!", la leyó un locutor, pero la mayoría de los siguientes artículos los estoy leyendo yo y siempre que mi trabajo en el periódico -que es quien me paga a final de mes- me lo permite, procuro acudir al estudio para que la grabación de voz sea más limpia. Si vivís en el Bierzo, me podéis escuchar en el dial 107.3 de FM, en torno a las 13.00 horas.
 
 

lunes, 4 de febrero de 2013

Carretera de Viloria

Los actores de Cuenta conmigo, adaptación de la novela de Stephen King
CUARTO CRECIENTE
Diario de León. Jueves 22 de noviembre de 2012

Teníamos 14 años, leíamos libros de Stephen King y por las tardes cogíamos las bicicletas y pedaleábamos por las carreteras secundarias del Bierzo Alto. Noceda, Folgoso, Castropodame, Turienzo Castañero, Viloria.
 
Recuerdo algunas tardes en la carretera de Viloria, montado en la bicicleta roja, una BH con las ruedas grandes, brillante, circulando con tres amigos por los caminos que conducen al río Boeza. Recuerdo un molino ruinoso junto al río. Un montón de piedras, una puerta desvencijada, la sombra de los chopos, las moscas. No recuerdo si quedaba algo de la rueda que movía el agua, pero todo aquello se parecía demasiado a los escenarios de las historias de terror que leíamos.
 
Leíamos a Stephen King y veíamos películas del videoclub. O nos las contábamos mientras íbamos en pelotón con las bicicletas, subíamos cuestas entre castaños o nos parábamos en las cunetas.
 
Recuerdo una película en especial. La recuerdo porque la he visto hace poco. Contaba la historia de unos chavales de 14 años como nosotros. Cuatro amigos que seguían el curso de las vías para encontrar el cadáver de un niño. La infancia y el horror.
 
Lo recuerdo ahora que he vuelto a la carretera de Viloria y escribo del horror en un periódico. Una mujer descuartizada en dos maletas. Un antiguo cargadero de carbón donde duermen indigentes. Un cuchillo. Un hacha. Alcohol. Porros. Y terror. Un terror real que demuestra que ese horror de algunas novelas está más cerca de lo que creemos. Lo tenemos en el patio trasero de nuestras casas, al acecho, y a veces se nos cuela dentro. No queremos verlo. Pero forma parte de lo que somos.
 
El hombre que el pasado sábado descuartizó a su pareja en la carretera de Viloria ha dicho que se volvió loco. Completamente loco. Y no hace falta leer a Stephen King, ni ver viejas películas de River Phoenix basadas en sus novelas para comprender que en ocasiones la realidad engendra pesadillas tan macabras que desbordan las costuras del guión más atrevido y de las más oscuras historias de terror que alguna vez haya leído un adolescente.

Apocalipsis


Códice de Fernando I y Sancha.

CUARTO CRECIENTE
Diario de León. Jueves 15 de noviembre de 2012

Voy a contarles lo que he visto hace un rato. Un dragón de siete cabezas escupía espectros. Los espectros tenían forma de rana. Las ranas croaban con desgana. Y enloquecían a las piedras.
 
Cuatro jinetes cabalgaban a lomos de caballos alados con cabeza de león. Su sombra alargada ocultaba el sol. Los ángeles tocaban las trompetas. Las trompetas arrastran nubes de tormenta. Y el cielo se llenaba de luz.
 
Los hombres, deslumbrados, hincaban la rodilla ante el Creador. Un demonio con pies de carnero empujaba a los pecadores al infierno. Las almas en pena se retorcían en el fuego eterno. Y las llamas devoraban el mundo.
 
Es el Apocalipsis de San Juan, el libro más enigmático de cuantos componen la Biblia, según los expertos. Hace mil años, el temor a que el fin del mundo estuviera cerca desató una verdadera fiebre en los monasterios y copistas e ilustradores dedicaron sus vidas a manuscribir y a iluminar los comentarios al texto del apóstol San Juan que dos siglos antes había escrito un monje, Beato de Liébana, a los pies de los Picos de Europa.
 
La fiebre sobrevivió a las supersticiones del milenio. El mundo no se acabó. No se abrieron los cielos. No bajaron los ángeles. No cabalgaron los cuatro jinetes, ni se oyeron trompetas, ni hubo ninguna luz cegadora.
 

Extracto del Beato de Liébana (Siglo VIII-IX)

 
Tampoco se vieron serpientes, ni dragones, ni ranas, ni diablos con cuernos. Y la gente siguió pecando, pero poco, que en la Edad Media la Iglesia no estaba para bromas.
 
Los 21 facsímiles de aquellos códices miniados, y uno más de un artista moderno, se pueden consultar en el Castillo de los Templarios de Ponferrada. Allí los he visto yo. Y allí los puede encontrar cualquiera sin necesidad de viajar a Nueva York, o a Berlín, o a Roma, o a Madrid, donde se conservan los originales.
 
El mérito es del Ayuntamiento, claro. Pero sobre todo, de un coleccionista particular, Antonio Ovalle, que los ha comprado, los ha cedido y no ha pedido nada a cambio. Lo suyo también es una fiebre. Y en estos tiempos de dragones y de espectros que se retuercen en el fuego del infierno no abundan los hombres tan generosos.

viernes, 1 de febrero de 2013

El carbón y las estrellas

Una fábrica de astros. Desconozco el autor del dibujo de estos dientes de león

 
CUARTO CRECIENTE
Diario de León. Jueves 8 de noviembre de 2012
 
El carbón se ha muerto. La mina está enterrada. El minero es cosa del pasado.
 
Repitámoslo todos. El carbón es un cadáver. La mina, una tumba. El minero, un recuerdo.
 
Otra vez. El carbón no ha resistido al invierno. El invierno es esta crisis, claro. La mina es una mortaja. El minero, un eco que se apaga.
 
Tenemos que mentalizarnos de que el carbón se ha ido, o de que sigue ahí, pero nadie estará interesado en sacarlo de la mina durante los próximos años.
 
Tenemos que hacernos a la idea de que el invierno ha llegado. Y el invierno es este sistema de mercado. El invierno es la globalización, que nos baja los sueldos y no consigue elevar el nivel de vida del resto del mundo, las servidumbres del euro, el déficit, este Gobierno que tenemos, que rescata autopistas y sostiene bancos mal gestionados, pero hunde sectores que sostienen buena parte de la economía de toda una provincia como la de León.
 
No debemos engañarnos. Hace tiempo que el frío del invierno nos está calando.
Y no será carbón lo que nos caliente, claro. El carbón nos ha abrigado durante cien años, pero ahora está muerto, muerto y enterrado, repito, borrado del mapa energético, olvidado, y no sirve de nada lamentarse más.
 
Nos haremos viejos. Nos convertiremos en jubilados, en parados de larga duración, en pobres de bolsillo y de corazón si no despertamos.
 
Y despertar es dejar de esperar un milagro. El carbón limpio, la captura del CO2, el almacenamiento geológico, la investigación, nada de eso estará listo a tiempo de salvarnos. Nunca fue su función. ¿Por qué iba a serlo ahora?
 
Así que hay que pensar en otra cosa. Moverse. Crear. Reciclarse. Adelantarse. Innovar. Sacudirse complejos. Ser más ambiciosos. Y aprovechar mejor, mucho mejor, todo lo bueno que tenemos.
 
Las estrellas para quien las trabaja, dice a menudo Juan Carlos Mestre. Y no hace falta ser poeta para darse cuenta de que el cielo no se toca desde la boca de una mina cerrada.
 
 

Grabado de Juan Carlos Mestre

 

Leche de cabra



Memorias editadas por Helena Fidalgo

 
CUARTO CRECIENTE
Diario de León. Jueves 1 de noviembre de 2012
 
Francisco Puente Falagán, el primer alcalde de Ponferrada durante la Segunda República, nació en San Román de Bembibre en 1897 y fue uno de los últimos hijos de un matrimonio que perdió a la mitad de su descendencia. Puente cuenta en sus memorias —recuperadas por Helena Fidalgo Robleda y la editorial Lobo Sapiens— que su madre, enferma, tuvo que dejarle a cargo de otra mujer que también acababa de dar a luz para que le amamantara, pero que después de un mes en brazos extraños, su estado era tan famélico, su aspecto tan demacrado, que se lo llevaron de vuelta a casa y sólo pudo salir adelante gracias a la leche de una cabra.
 
Eran otros tiempos.
 
En 1931, Francisco Puente Falagán, maestro cantero de profesión, socialista autodidacta, como muchos hombres que en aquellos años querían cambiar las cosas, fue elegido alcalde de Ponferrada en unas elecciones democráticas. Hombre honesto hasta el extremo en un periodo de la historia de España lleno de fricciones, chocó de frente contra los poderes fácticos de la vieja Minero Siderúrgica de Ponferrada, que siempre fue un obstáculo para el desarrollo urbanístico de la ciudad, de las empresas mineras de la época, que no pagaban el canon, o de la Iglesia, que vio como el cementerio se convertía en propiedad municipal, y fue apartado de la alcaldía sólo un año después de tomar posesión para defenderse de una ridícula acusación de malversación de fondos de la que finalmente fue absuelto.
 
Francisco Puente Falagán.
 
Puente Falagán no recuperó la alcaldía. Sólo unas semanas antes del estallido de la guerra civil, y cuando ser alcalde era una patata caliente en medio de la crisis del Frente Popular, le ofrecieron de nuevo el sillón de regidor. No lo aceptó.
 
Sí lo hizo su amigo Juan García Arias, que duró un mes en el puesto y terminó fusilado. Y es posible que él mismo se salvara de un final parecido porque era un hombre ciego.
 
Al final de su vida, Puente Falagán dictó sus memorias a sus hijos y a sus nietos. El texto mecanografiado empieza, claro, en su infancia. Y empieza fuerte. Empieza con un cabra que alimenta a un niño famélico.
 
Pero eran otros tiempos.

jueves, 31 de enero de 2013

La nieve de Luzzatti

Un tren actual, en la ruta de Pajares. Foto: You tube.

 
CUARTO CRECIENTE
Diario de León. Jueves 25 de octubre de 2012
 
Al ingeniero Luzzatti se lo llevó una nevada en Busdongo. Ocurrió el último viernes antes de la Navidad de 1917, en la línea ferroviaria de Villamanín, y con él murieron un montador y dos obreros que acababan de instalarle una cuña quitanieves —zeppelines, las llamaban— a un vagón colocado delante de una locomotora.
 
El túnel de Busdongo estaba cerrado aquel día. Había caído tanta nieve que no circulaba ningún tren de la línea a Asturias y la Compañía de Ferrocarriles del Norte, para la que trabajaba Luzzatti, había trasladado a León «a una multitud de viajeros que se hallaban desde el lunes en situación bastante crítica», según recogía la edición del ABC que salió a la calle horas antes del accidente. «Cuatro máquinas trabajan sin descanso para dejar expedita la vía», añadía el redactor del periódico madrileño, sin imaginarse lo que estaba a punto de suceder.
 
Hasta entonces, la compañía empleaba brigadas de peones para despejar las vías cuando la ventisca interrumpía el tráfico en los puertos de Pajares y Pozazal. Pero aquel 21 de diciembre, siguió el ejemplo del Ferrocarril de La Robla, que ya había construido un vagón quitanieves, y ordenó a Luzzatti que probara la eficacia de los zeppelines. El ingeniero lo hizo. Se subió al tren y cuando circulaban por el puente de Baños, el vagón quitanieves descarriló y se precipitó al río Bernesga arrastrando a la locomotora.


El castillo de Ponferrada, entre 1892 y 1909. LUZZATTI
 
Luzzatti tenía 60 años, media docena de hijos, una esposa con la que se había casado en Ponferrada, y una afición a la fotografía que le había llevado a tomar una histórica serie de 14 imágenes del Castillo de los Templarios. De su vida se sabe muy poco. Apenas unos detalles recopilados por el historiador Miguel Jota García González. Se sabe, sobre todo, de su muerte en Busdongo.
 
Y lo mismo pasa con sus fotografías. De no ser por la serie del castillo, sería prácticamente un desconocido. Por eso va siendo hora de que la fortaleza que retrató cuando sólo era un ruina exponga esas 14 imágenes que tanto polvo han criado en un desván de Burgos durante el último siglo. No se me ocurre mejor forma de rescatar de la nieve a Luzzatti.